La globalización nos hizo creer que éramos ciudadanos del mundo pero la pandemia ha cerrado las fronteras entre continentes, naciones, provincias, cantones e inclusive entre parroquias. De ser ciudadanos de la aldea global ahora nos hemos convertido en ciudadanos enclaustrados en nosotros mismos y en nuestro pequeño mundo.
La globalización puso en marcha la aspiración de una lengua universal, – las matemáticas y el inglés científico-, para que una sola cultura hegemónica no dependiera de los rasgos constitutivos de las culturas particulares, sino que fuera algo común a todas ellas, sobre todo para imponer sus significados más allá de sus fronteras, hasta extender sus dominios, si fuera posible, a toda la humanidad.
La globalización bajo la máscara del progreso, la democracia y la libertad, propagó una única moneda, una sola lengua y un único modo de vida basado en el consumismo y el viaje placentero.
Sin embargo, el mundo cosmopolita es diferente al de la globalización. Nació como vacuna contra el nacionalismo y el universalismo y con una clara vocación errante: “la patria en las sandalias”. Se dice que el cínico griego Diógenes inventó el término cuando le preguntaron de dónde procedía: “soy ciudadano del cosmos” respondió. Para él, como para los antiguos, el mundo era complejo y tenía diversos planos de existencia que podían visitarse en sueños y a través de la meditación.
El cosmopolitismo considera a todos los hombres de la tierra conciudadanos y connacionales. El moralismo y las costumbres provincianas arruinan el goce del cosmopolita cuyo sentido es más bien la apertura inteligente al mundo, la asimilación con pertinencia de las culturas de los otros y la fidelidad a las vidas de las historias antiguas y modernas.
Se puede ser cosmopolita en estos tiempos de confinamiento o provinciano siendo defensor de la globalización. El primero se recrea con la diversidad, intuye la naturaleza errante de la condición humana, se realiza en la investigación, la crítica y en el genio de las culturas extrajeras; mientras que el segundo, a pesar de haber viajado constantemente y hoy disponer de datos de Internet, lo que cree saber y conocer es puro esnobismo.
Hume, Leibniz y Spinoza fueron grandes cosmopolitas de la Ilustración que apenas salieron unos pocos kilómetros de su terruño. Es más, Kant nunca abandonó su pequeño pueblo natal de Koenigsberg llevando una vida sencilla, espartana y silenciosa, pero alcanzó un conocimiento profundo y extenso de la naturaleza humana, las experiencias del mundo, el arte y la geografía. Entre los filósofos modernos fue el más talentoso pensador por su fuerza de penetración y profundidad con las que influyó en toda Europa y en la filosofía universal.
Saquemos una lección de lo expuesto: seamos cosmopolitas con los filósofos y no globalizados como ciertos modernos esnobs.
