La Iglesia y la Fiesta de la Patrona de Baños

Emplazada en la cima del monte, en el lugar de la aparición de la Virgen de Guadalupe, parece ser una réplica popular modificada de la Catedral Nueva de Cuenca. La Iglesia data de 1.953,  su gestor fue el padre Alfonso Carrión Heredia y la fábrica estuvo a cargo del maestro Quito.

Su presencia monumental, para el pequeño tamaño del pueblo, puede observarse desde muchos ángulos, inclusive desde algunos puntos de los alrededores de Cuenca.

La fachada que se muestra al pueblo tiene dos torres de sección circular articuladas por un cuerpo central constituido por el vestíbulo  de acceso y un tímpano rematado por la escultura de la Patrona.

El cuerpo de la Iglesia, es decir el volumen perpendicular al frontispicio y que da frente a la plaza del pueblo, tiene una factura barroca bien elaborada. La techumbre de cinco cúpulas asentadas en tambores y rematadas con linternas para captar la luz cenital, le otorga a la Iglesia un juego de volúmenes de alta calidad compositiva.

La síntesis arquitectónica, es decir la composición de la fachada y el cuerpo lateral, se asemeja de cierta manera a la Catedral Nueva, sobre todo por la silueta que ha sido trabajada con cúpulas seguidas.

La distribución interior tiene vestíbulo, baptisterio, sala de oración, sacristía, presbiterio y altar mayor. Las grandes pilastras imitando mármol y las cúpulas trabajadas internamente en forma octogonal dibujan una perspectiva profunda. Las pechinas que soportan las cúpulas están ornamentadas con los Misterios Gozosos, Dolorosos y Gloriosos y además aparecen los evangelistas Juan, Marcos, Mateo y Lucas.

A los extremos con menor altura, las naves laterales están cubiertas con arcos de medio punto que cabalgan en dirección hacia el altar. De igual manera que la Catedral Nueva el espacio tiene similar lenguaje pero en una escala menor. El retablo de mármol tiene tres cuerpos de factura barroca y en la nave lateral izquierda es significativo el altar construido con piedra volcánica del lugar de tono rojizo.

En la víspera de la Fiesta de la Patrona miles de romeriantes venían de todo el País e inclusive del extranjero para participar en las procesiones, – previo el lavado de los pies en las milagrosas aguas termales de Baños en memoria de la lección de humildad que dio Jesucristo a los apóstoles -, y culminar en la Iglesia con ofrendas de flores y velas, transfigurando de este modo el templo en un inmenso candelabro que centellaba con temblor ligero hasta el amanecer.

Al día siguiente, el 8 de septiembre el día de la Fiesta, muy por la mañana, sobre la plaza del pueblo se cernía una diabólica tormenta de vitalidad. Entre el olor a pólvora, algodón de azúcar, empanadas de viento, fritada y emanaciones de toneles, el recinto ardía como un horno encendido la víspera. Danzantes, disfrazados, diablos, compadres, gritos de niños, cánticos de mayores y el estrépito metálico de la banda del pueblo, sumergían a los miles de somnolientos devotos y a unos pocos curiosos en un mundo encendido por los cuatro costados.

Por la tarde, en un mar de formas y percepciones, los jinetes, ya borrachos, atravesaban la plaza con sus caballos encintados. En la noche un rosario de globos de colores chillones con formas de estrellas y animales domésticos cabeceaban en el aire. Las rachas de viento nocturno arrastraban sin piedad a las huecas formas para derribarlas como criaturas golpeadas en el abdomen. Algunos globos se precipitaban como guiñapos en la lejanía, otros se perdían en los bosques cercanos y unos cuantos  aterrizaban en los techos de teja de las casitas de campo ante el sobresalto de los mayores y la algarabía de los niños. Un globo especial de forma elíptica pintado con la custodia con rayos de oro evocando la eucaristía, siempre alcanzaba la mayor altura para perderse como una estrellita en el cielo.

Y ya entrada la media noche un hombre montado en la vaca loca corría sin rumbo entre la muchedumbre para sembrar el terror de los pecadores o el regocijo de los arrepentidos. Mientras que el cohetero lanzaba lumínicos ratones para desafiar a los más valientes; y otro joven, oriundo de la parroquia, prendía con cuidado los diferentes pisos del castillo armado con carrizo con luces hechas en base de clorato, nitrato, azufre, salitre y goma pez. La decoración final incluía el copón de la eucaristía, otros símbolos religiosos y la paloma mensajera  disparada  para alcanzar la luna llena y dar por finalizada con broche de oro la fiesta.

Todos estos episodios y peligros se tornaban curiosamente blandos dentro de la holgada y calurosa cavidad de la plaza del pueblo y la monumental vigía de la Iglesia popular barroca. El ciclo religioso iniciaba el siguiente año y se repetía ordenadamente. ¿Hasta cuándo?

En las últimas décadas el patrimonio cultural intangible de la Fiesta popular de Baños se ha banalizado para convertirse en un espectáculo pagano posmoderno de mal gusto. Con luces led, ruido estridente de disc jockey, comida chatarra, drones a cambio de globos y el embeleso del público masculino por la presentación de las artistas expresamente traídas para la ocasión: las “Chicas del Can”.

¿Merecería la pena recuperar y recrear la autenticidad de las antiguas fiestas populares para desterrar el mal gusto de las “celebraciones patronales” que han prevalecido en los últimos años?

Referencias:

  • César Dávila Andrade (1966); “Cabeza de Gallo”. Del Cuento de El Fakir se ha tomado el sentido y algunas frases para relatar la antigua fiesta de Baños.
  • Testimonio de Pablo Durán Andrade, gran conocedor de la vida del pueblo de Baños y Gerente Propietario de “Piedra de Agua”, Fuente Termal & Spa, único spa termal subterráneo de América.

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