En la pandemia regresa el Pájaro Hornero

En los primeros meses de la pandemia la fauna recolonizó la ciudad ante el confinamiento por el coronavirus. En muchos lugares del mundo los animales ganaron espacio urbano gracias a un ambiente más relajado para explorar nuevos ecosistemas que un día habitaron. Como en una película de ciencia ficción, la fauna salvaje salía de sus refugios para visitar las ciudades para sentirse dueña de enclaves dominados hasta ahora solo por los humanos.

Pavos salvajes se enseñorearon en Oakland y en Madrid; cisnes, en los canales, en unas aguas limpias, daban un soplo de esperanza en Venecia; jabalíes se pasearon en las ramblas de Barcelona; cóndores, danzando con su majestuoso vuelo por las avenidas, fueron admirados en Quito; leopardos y zorros se adentraron en ciudades de la India y Londres; vertebrados, ante el paisaje urbano sosegado, ampliaron su territorio en busca de comida; bandadas de gorriones, en los jardines de Cuenca, aprovechaban los últimos rayos del sol de la tarde, como queriendo coger las calorías suficientes para aguantar la noche….. De alguna manera, casi todos, parecían fantasmas urbanos que en la pandemia se dejaban ver.

Joaquín Araujo, naturalista español, constató que asistimos a una recolonización de los espacios urbanos por las especies silvestres. Fue una paradoja. Los animales, que estaban confinados por infraestructuras que cuartean sus espacios naturales y les imponemos restricciones en el movimiento, salieron de su aislamiento. El mundo al revés: al resultar confinados en sus casas los seres humanos se produjo una liberación de la fauna salvaje; al ser nosotros los atemorizados, liberamos a quienes nos tenían miedo.

Los expertos han señalado que tras un cambio ecológico brusco la naturaleza tiende a recuperar el terreno perdido a través de la llamada sucesión ecológica, una teoría que desarrolló, entre otros, Ramón Margalef. Por ejemplo, tras la desaparición de los humanos por la guerra en la ciudad chipriota de Varosh en 1.974, lo que más llamó la atención no fue las tazas de café turco lamidas por los ratones, sino la irrupción de árboles, plantas y animales, y sobre todo, la fuerza de las flores para hacer pedazos el asfalto. Alan Weisman, en “El mundo sin nosotros”, relata que “las casas desaparecen bajo montones de buganvillas de color magenta, mientras que los lagartos y las serpientes látigo se movían entre chumberas y hierbas de dos metros”.

En medio de la pandemia regresa también el Pájaro Hornero para recolonizar las aulas universitarias, pero en esta ocasión a la Universidad del Azuay. Ya lo hizo la primera vez en el año 2.004, en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Cuenca, con la publicación de un opúsculo titulado “LA CASA DEL HORNERO: Belleza, verdad y lección alada de arquitectura”.

El opúsculo relata cómo un menudo pájaro rojizo llamado Hornero que habita en las estribaciones de Mindo, pertenecientes al macizo de la cordillera Occidental de la provincia de Pichincha, en un macondiano paraje denominado La Abundancia, situado a 380 metros sobre el nivel del mar, fabrica un nido de una fina y extraña hermosura, cuyo hábito reproductivo le permite construir su casa en forma de bóveda u horno de pan que nos alumbra, deslumbra y significa. Emulando  al filósofo de la fenomenología, descubrimos las espacialidades que yacen ocultas detrás de esa delicada apariencia y además comprendimos sus lecciones con la vanidosa pretensión de emularlas en la mundana arquitectura que realizamos los humanos.

Solo él posee una magia capaz de trazar tan maravillosa y esotérica geometría, del mismo modo que en la Historia de la Arquitectura solo el alarife medieval tuvo el secreto para construir las catedrales góticas. No existe ninguna duda, el nido es construido siguiendo estrictas normas armónicas de la naturaleza: en los sentidos horizontal y vertical  están presentes el secreto matemático y las bellas relaciones geométricas áureas utilizadas con rigor por esta increíble ave.

Los materiales recogidos con el pico del sitio vecino poseen las cualidades para alcanzar funcionalidad, resistencia, calidez interior y para formar una síntesis preciosa en el lugar más  seguro del árbol, poseedora de la mayor excelsitud y primorosa materialidad.

El nido es una construcción sabiamente acoplada, un escondite aéreo de forma sencilla en donde el pájaro ha establecido un dinámico equilibrio entre la tierra y el cielo. En esta perspectiva tres serán los componentes  del buen habitar en general, se trate del pájaro o del ser humano: la tierra, como naturaleza respetada; el cielo, como mundo para viajar con el sol y las estaciones con el pulso de sus tornadizos tiempos y el espacio, como cobijo placentero del morador.

¿Qué pasa hoy con el construir de los humanos? ¿Hay penuria del habitar en nuestra realidad equinoccial andina globalizada? ¿Podemos los arquitectos y estudiantes de arquitectura, implumes y desnudos, encontrar lecciones de belleza, verdad, sencillez y pertinencia en el nido de nuestro pequeño hermano, el Pájaro Hornero? Si lo conseguimos, habremos aprendido sus lecciones y la arquitectura que construyamos será un nuevo nido en este mundo.

Gracias Sr. Rector, Sra. Decana de la Facultad de Diseño, Arquitectura y Arte y al equipo que colaboró en la diagramación por hacer posible que el Pájaro Hornero recolonice las aulas universitarias. Que sus lecciones aladas de arquitectura sean emuladas por todos con pasión, lógica e imaginación creadora.

Cuenca, octubre de 2020.

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