Las pandemias europeas que diezmaron a la población, como la peste negra y la gran peste de Londres, generaron el avance de ciertas áreas de las matemáticas que hoy son claves para la modelización de las enfermedades infecciosas: el crecimiento exponencial, el cálculo diferencial y la estadística.
El crecimiento exponencial se produce cuando algo aumenta de forma multiplicativa. Esto ocurre en una pandemia con las personas contagiadas o en un cultivo de bacterias.
El cálculo diferencial desarrollado por el joven Isaac Newton, que abandonó la Universidad de Cambridge para refugiarse en el campo de la gran peste inglesa, sirvió para diseñar los actuales modelos matemáticos de epidemias que dictan la evolución de los contingentes de susceptibles, infectados y recuperados desde la noción de derivada.
Para llegar a los modelos epidemiológicos hizo falta también el nacimiento de la estadística de la mano de los ingleses Francis Galton y Karl Pearson.
Todos estos avances matemáticos, más los recientes de los últimos siglos, han permitido entender la vida e identificar a los virus como principales agentes de las pandemias. Los actuales desarrollos tecnológicos como los microscopios ópticos y electrónicos y los ordenadores han sido igualmente claves para el avance de la ciencia.
La ciencia del 2020 ha aprendido de la larga historia de las matemáticas y de las pandemias. Una de las disciplinas esenciales para la gestión pandémica ha sido la epidemiología, la ciencia que se ocupa de la propagación de las enfermedades y de cómo evitarla. Los modelos matemáticos de propagación del virus y las recomendaciones sobre las medidas óptimas han guiado la acción de los gobiernos de todo el planeta. En un sentido no trivial, el 2020 ha sido el año de la epidemiología.
Los epidemiólogos construyeron a inicios del año pasado el modelo matemático RO (ritmo reproductivo básico): una persona infectada contagia en promedio a más de una sana, entre 2 y 4, y por tanto la curva crece exponencialmente. Calcularon también otros indicadores, como el periodo medio de incubación, la fracción de contagios que mueren y la forma drástica en que la edad afecta a ese parámetro, y además que las personas asintomáticas transmiten el SARS- CoV-2.
La velocidad a la que se han desarrollado las primeras vacunas ha sido un hito científico y biotecnológico. Ignacio López-Goñi, catedrático de Microbiología de la Universidad de Navarra y divulgador científico, lo resume así:
“En tan solo unos días se identificó al causante, un coronavirus. El 13 de enero ya estaba disponible en la web de la OMS el protocolo para la técnica de la PCR para detectar el virus y en mayo ya había 270 test diagnósticos distintos. En unos meses, científicos de todo el planeta secuenciaron más de 90.000 genomas de pacientes repartidos por todo el mundo, para así conocer mejor el patógeno y ver cómo y en qué circunstancias muta. En seis meses se publicaron 40.000 artículos científicos sobre el SARS-CoV-2, cuando sobre el primer coronavirus, el SARS, se escribieron unos 1.000. Se han probado decenas de tratamientos distintos y la OMS puso en marcha un programa, Solidaridad, por el que 400 hospitales, de 35 países han compartido los datos sobre la eficacia de todos esos medicamentos…”
La esperanza de la sociedad en la ciencia y en los científicos para combatir la pandemia ha estado presente el año 2020. Pero, contrariamente, la ceguera política de algunos gobernantes populistas ha generado falsas noticias, movimientos antivacunas, e inclusive la creencia de que pseudo fármacos curan la enfermedad.
La lucha contra la pandemia del coronavirus debe ser la prioridad científica de los gobiernos, porque la ciencia es una inversión estratégica, inteligente y, al mismo tiempo, de sentido común. Aunque la ciencia es solo una parte de nuestras vidas, nos preparará para un futuro mejor.
Habermas, el filósofo alemán, recientemente afirmó que lo excepcional de la Covid es que nunca hemos sabido tanto y a la vez ahora somos tan conscientes de nuestra ignorancia. Esta paradoja debería llevarnos a la convicción de que la ciencia es la única esperanza para despejar la oscuridad de lo desconocido: los avances meteóricos sobre este virus así nos lo demuestran.

