Acostada sobre el valle apacible de los cuatro ríos se integra orgánicamente al paisaje de la compacta sortija de montañas que le hace de marco.
Su historia aborigen se remonta a cientos de años, otros tantos como los de la búsqueda de su identidad mestiza. Nació sobre las cenizas de los aposentos cañari e inca de los cuales tomó sus ejes para implantar la red cuadricular de la ciudad renacentista europea. Por ello la direccionalidad de sus calles a cordel, adoquinadas con sillares de piedra andesita que evoca en sentido horizontal los muros de Inga Pirca y Tomebamba, están orientadas a los cuatro puntos cardinales y organizan el espacio urbano en forma lógica, racional y sencilla.
En línea de fábrica sobre la traza colonial se levantan las edificaciones conformando un conjunto homogéneo de volúmenes que no rebasan en su mayoría una altura más allá de la escala humana. Existe la preeminencia de manzanas llenas sobre las vacías lo que produce una sensación más de una ciudad de fachadas planas que de espacios abiertos.
La arquitectura colonial doméstica ha sido reemplazada por otra del periodo republicano de buena calidad. En torno al cuadrilátero de la plaza central y sus calles ortogonales se desarrolla la vida febril en sus dimensiones política, cívica, religiosa, económica y residencial. Es aquí en donde existen casas de comienzos del siglo 20 que en base a su planta típicamente andaluza han levantado sus frontis con estilos neoclásicos, neobarrocos, neogóticos y hasta de gusto oriental. La quinta fachada, o si se prefiere decir más directamente las cubiertas de los edificios, en buena parte están recubiertas con tejas de tipo español de barro cocido, remate característico que desde el aire se otea una imagen cálida de color anaranjado fuerte contrastante con el fondo oscuro gris de la cuadrícula urbana.
Experimentamos el Centro Histórico como un complejo urbano en el que se destacan varios componentes principalmente los edificios públicos y religiosos. Entre ellos la Catedral Nueva es el hito arquitectónico más sugerente de la ciudad, un crisol de estilos que se remonta al románico, pasando por el gótico, renacimiento, barroco, hasta terminar con el neoclásico de factura cuencana.
La forma del Centro Histórico es la forma de sus tiempos. Y tiene varios tiempos y por tanto varias persistencias que han venido siendo construidas por la historia y el arte, por el ser y la memoria. Las huellas humanas tangibles más profundas de este singular proceso son: el plano español, las calles coloniales de piedra andesita, los monumentos religiosos, el Barranco del río Tomebamba y las edificaciones republicanas levantadas hasta mediados del siglo 20.
Si se alteraran sin criterios motivados sus huellas indelebles con el argumento de “modernizar” el Centro Histórico se arrancarían los símbolos más auténticos de la singular manera de ser de la ciudad de Cuenca.

