La arquitectura no es solo un arte visual o escultórico. Es sobre todo una obra singular de cuatro dimensiones, – alto, ancho, profundidad y tiempo recorrido -, en la que se aloja la existencia digna de los seres humanos, surgida como una invención destinada para dar respuesta a la necesidad de albergue protector en los órdenes estéticos de la geometría y la expresión.
La arquitectura desde los albores de la humanidad es una de las invenciones más originales. Comenzando desde las cuevas paleolíticas hasta llegar a la arquitectura contemporánea el arquitecto ha desarrollado el raciocinio y la imaginación. Y la ciudad en esta perspectiva es la obra más compleja porque desde la aldea aborigen hasta la ciudad del siglo 21 han exigido procesos largos y lentos de construcción.
Esta experiencia inventiva del arquitecto es por tanto un proceso responsable de concebir y de llevar a términos formales una idea. Su compromiso poético tiene que ver con la naturaleza de sus intenciones inventivas. En ellas convergen las ideas y las emociones, la razón y el corazón, la lógica y la intuición.
La experiencia inventiva arquitectónica entonces tiene por misión merodear por los meandros de los diversos estados de la duda y la certeza, la oscuridad y la claridad, hasta que las ideas cobren forma.
¡Eureka! Exclamará el arquitecto cuando ha logrado sintetizar sus ideas que estaban sueltas. Por esto, precisamente, la experiencia inventiva es un juego en el que se entrecruzan proposiciones, unas veces descabelladas, otras sensatas, unas posibles, otras imposibles. Diseñar arquitectura es por tanto trabajar intensamente en un ir y venir de dibujos, sueños y deseos. Los proyectos arquitectónicos tienen, quizá, por este motivo, un 10% de inspiración y 90% de transpiración.
Pero no solamente se inventa la arquitectura cuando se diseña sino también cuando se la experimenta. Refugiarse en un lugar amable, vivir sus cualidades, fascinarse en su recorrido o en su contemplación es también inventar espacios, imaginarlos avivando los sentidos para explorar, reconocer, detallar, evocar, o simplemente sentir.
La experiencia de la arquitectura de este modo será una forma especial de sentir su materialidad y de interpretar sus significados. Lo sensorial informa, la razón interpreta, la emoción siente. Informar, interpretar y sentir, en unidad de acto, harán posible la vivencia plena en tiempo presente, el yo como protagonista de la arquitectura.
Por ejemplo, maravillarse con la magia de las sencillas casas de secreta sensibilidad dibujadas con cándida geometría y por ello esculpidas de arte y de vida. O emocionarse ante la Villa Savoye de Le Corbusier, un moderno Partenón de techo plano, obra que muestra esencialidad y horizontalidad ingrávida que se proyecta hacia el infinito.
En cambio las obras e intervenciones indiferentes o desprovistas de calidad son ajenas a la rica experiencia y a la recepción poética de la arquitectónica. Son, simplemente, construcciones….
Referencias:
- Facultad de Arquitectura de la Universidad de Cuenca; “Mano a Mano, hablando de Arquitectura”, Josep García Cors y Carlos Jaramillo Medina, 03-2014
- Alberto Saldarriaga Roa; “La Arquitectura como Experiencia: espacio, cuerpo y sensibilidad”, 2002.
- El gráfico que acompaña al texto corresponde a una casa quinta ubicada en el sector de Mayancela, al norte de Cuenca.

