El astrónomo francés Joseph Lalande (1732-1807) en su libro titulado “Viaje de un francés a Italia” rebasa los simples límites descriptivos de su aventura peninsular. Aborda con profundidad, minucia y curiosidad científica la historia, el arte, el urbanismo, la política y las costumbres del país mediterráneo.
Relata además un curioso pasaje en el que el músico barroco italiano Giuseppe Tartini (1692-1770) le cuenta el sueño que tuvo donde se le apareció el diablo para proponerle un pacto. En el sueño Tartini le presta su violín al demonio y este interpreta una sonata que sorprende al músico, tal y como recoge Lalande: “Me sentí extasiado, transportado; mi respiración falló, y desperté”. De inmediato Tartini tomó el violín, inspirado en el arte musical del demonio, para componer por gracia de Lucifer la “Sonata para violín en Sol Menor”, que popularmente se conoce como “El trino del diablo”.
Siglos después el novelista y científico madrileño Ernesto Pérez Zúñiga descubrió que la música del violinista italiano había reconciliado la naturaleza con el arte “a través del dominio de las leyes del cosmos”. Pérez Zúñiga descubrió que Tartini siguió las enseñanzas de Pitágoras y los pitagóricos porque su Sonata se había encontrado con el alma cósmica cuyo movimiento es armónico.
En efecto, la doctrina científica de los pitagóricos sostenía que el mundo de lo celeste tiene un movimiento armónico. Pitágoras afirmaba oír el sonido celeste, la música de las esferas, que era eterna e incorruptible.
Esta doctrina también encontró la relación del número con la música. Se descubrió con la cuerda del monocordio que la octava obedece a la proporción de ½ y que toda la escala podía representarse con números enteros. Esta concepción determina que el sonido, como sucesión de intervalos entre notas musicales, está en relación con elementos matemáticos, donde el número de origen divino es la esencia de todas las cosas.
Los estudiosos del arte, en especial en el mundo de la música, han descubierto que Lucifer se ha presentado ante algunos músicos,- como lo hizo con nuestro violinista hace dos siglos y medio -, ofreciendo contratos donde la letra pequeña nunca fue leída. Años después Paganini considerado uno de los arquetipos del virtuosismo del violín y del movimiento instrumental del Romanticismo (1782-1840) y Robert Johnson compositor y guitarrista americano de blues (1911-1938) pactaron igualmente con el diablo. Este último aprendió del demonio a borbonear con el pulgar las cuerdas graves de la guitarra, cuya técnica influenció con fuerza en Jimmy Page, guitarrista británico de rock clásico, y en Keith Richards, de los Rolling Stones.
Los músicos que han suscrito contratos con el muy inteligente y astuto Lucifer, no enterándose de la letra pequeña, han estado siempre rodeados de una aureola mefistofélica por sus propios contemporáneos, asombrados ante el dominio de sus instrumentos y por sus vidas desordenadas y aventureras.
Referencias:
- Algunas precisiones conceptuales e históricas al texto corresponden a Olga Jaramillo Medina y Juan Sanmartín Grau.
- El País, Literatura; “El trino del diablo” y la ciencia contenida en la sonata de Tartini, Montero Glez, 28-1-2022.
- Ediciones Orbis, S.A. “Historia del Pensamiento, Volumen I: Los orígenes del Pensamiento”; 1983.
- Varias páginas de Internet.
- El gráfico que acompaña al texto corresponde a un dibujo de Louis-Léopold Boilly: “El sueño de Tartini”, 1824.

