La difícil modernización de Cuenca en la década de los 70

A veces el tiempo de la memoria nos invade interiormente y entonces es conveniente ser fieles a él y rescatar la fugacidad de los instantes pasados. Mis amables lectores me van  a permitir bucear en mis recuerdos de juventud, esta vez centrados en los 70, mis años universitarios, para con cierta nostalgia y un poco de visión crítica hablarles de una época en la que cambios importantes tuvieron lugar en lo personal y en lo social.

Años marcados por una revolución cultural que ejemplifica tan bien el impacto de lo que luego se llamó el “boom de la narrativa latinoamericana”, cuya cúspide fue la publicación y difusión de “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez.

Mundo mágico de estudiantes, en la “ciudad posmoderna en ciernes”, de los que aspirábamos a ser arquitectos. Y para serlo debíamos parecernos a los profesores, es decir, lucir un aspecto físico consecuente con los dictados de la época: fumar pipa con hojas de tabaco con olor a chocolate, presentar estampa de hombre poco convencional, tener barba bien cuidada, enfundar buzo de cuello que levante un poco más de lo normal la cabeza, y llevar saco de cuero bruñido, reluciente y aceitunado.

En esa época la ciudad se expandió por la economía de los escasos petrodólares que llegaban a la provincia en medio de una marcada inestabilidad social. Todavía con el ritmo musical del “Paso 70” las panaderas de los barrios tradicionales de El Vado y Todos Santos exhibían en sus inmensas y flexibles canastas las aromáticas palanquetas y guaguas de pan; pero al mismo tiempo se inauguraban nuevos mini mercados que vendían panes industriales en fundas de plástico, embutidos, conservas y chocolates finos. El cine “Candilejas”, al norte de Cuenca, poseía una reputación diabólica y de perdición; mientras la pionera “Tele Cuenca, Canal 3” ofrecía día a día novelas venezolanas en blanco y negro, como en blanco y negro fue lo que sucedió en la clausura de la Universidad en1970. A las matinées de los domingos de los teatros Cuenca y Sucre los jóvenes íbamos a cumplir con los ritos de las miradas furtivas, los roces efímeros y las masticadas crocantes de las papas fritas. Y cuando en la pantalla aparecía a todo color una cómplice escena el tímido pretendiente universitario se transformaba en Richard Burton para dar el primer beso a su Liz Taylor emulando a ese héroe romántico.  

Las festividades tenían un simbolismo especial porque la población disfrutaba en los espacios públicos de la ciudad : la elección de la Reina de Cuenca era un ritual para las familias de abolengo, que concluía con el baile de gala en el club del Azuay, un edificio moderno diseñado por el arquitecto uruguayo Gilberto Gatto Sobral; en la sesión solemne del Concejo Cantonal el Gobierno de turno prometía toda clase de obras urbanísticas y de ingeniería que hasta la presente fecha no se han cumplido; en el sector del Ejido, en el Centro Agrícola, hacendados maduros y jóvenes vestidos como vaqueros se mezclaban con el pueblo llano para disfrutar del humor de don Evaristo y Sarzosa y la elección de la Chola Cuencana.

Por otro lado, nosotros, presumiendo de conciencia de clase, hacíamos nuestra propia cabalgata de la revolución social apedreando la Gobernación y el Centro Abraham Lincoln, emplazados en el corazón mismo de Cuenca.

Inmersos en el devenir de la cotidianidad y de las festividades morlacas llegó el “boom petrolero” y en forma concomitante la debacle de buena parte del patrimonio arquitectónico del Centro Histórico. La construcción de edificios modernos en altura con fachadas “curtain wall” y elementos artesanales neocoloniales añadidos, fue el resultado de una arquitectura bastarda, intrascendente y de muy poca significación.

Esta fue la década en la que se inició el difícil y complejo proceso de urbanización de la ciudad: reptil urbano, máxima cinta métrica con que mide el valle la ciudad; tugurización en el centro, urbanización excluyente en la periferia; regalías petroleras y remesas de dólares transmutadas en lomos fríos de hormigón y cristal, pero también en códigos vernaculares que querían instaurar una escritura arquitectónica regional con sentido e identidad.

Esta cambiante década, reflexionada desde la distancia, coincidió con mi formación en Cuenca y en el extranjero. Época que a todos los que ya peinamos canas nos suscita sentimientos encontrados: una cierta frustración por lo que no se pudo evitar hacer y también algo de orgullo por lo que sí se consiguió para el bien de la ciudad y sus habitantes.

Referencias:

  • La mejora de estilo y algunas precisiones conceptuales corresponden a Olga Jaramillo Medina.
  • Simón Estrella Vintimilla; “La nueva arquitectura de Cuenca. Una crónica de la modernidad a la contemporaneidad”, 06-2000.
  • Universidad de Cuenca (1867-2017); “Memoria, Actualidad y Perspectivas”, 09-2018.
  • Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Cuenca; “CONAR y la Arquitectura Moderna Apropiada”, 06-2016.
  • Varias páginas de Internet.

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