El cortometraje de ficción que dura media hora de Elías León Siminiani titulado “Arquitectura emocional 1959”, (Espiga de Oro y candidata a los Goyas de este año) nos interpela de una forma originalísima sobre el Madrid de la dictadura franquista de los años 60 con una dosis de amor y urbanismo. Relata una historia de dos chicos universitarios de distinta clase social nacidos en la posguerra paseando por la capital de hoy y protegidos por los edificios de entonces.
Siminiani explica: “Tienen visiones distintas del mundo fruto de su origen y experiencia. Parto de la idea de que el espacio puede alejar a las personas, segregarlas, crear desigualdades, pero también todo lo contrario, como explica Alain de Botton en ´Arquitectura de la felicidad´. Las casas tienen una cierta psicología que se contagia y acerca a las personas. Podemos definirlo como el subtexto de los edificios… Allí nos enamoramos, tenemos desencuentros, epifanías, éxitos, fracasos o celebraciones”.
La película desmenuza aquella relación amorosa ligando a la arquitectura, a los espacios urbanos, a las vistas desde ventanales, a las calles que frecuentaron y que han sobrevivido casi intactas durante más de medio siglo. “El corto pretende ser un grano de arena en la divulgación del patrimonio, en la conciencia respecto al impacto emocional de la arquitectura”, expone el director de cine.
La interpelación de Siminiani nos llega en este sentido: hay lugares en las ciudades vividos con intensidad e imposibles de interpretar bajo otra luz que no sea la nuestra, la más personal e íntima. Lugares que no salen indemnes de nuestras vidas y que por su resplandor y resonancia tienen atributos espaciales.
Por ejemplo, de colores como la Plaza de las Flores, la Feria Libre y, en general, todos los mercados populares. Hay en ellos el perfume de las margaritas, la modestia de las violetas, la perenne florescencia de las primaveras, el acholo de los geranios. Y las pirámides de frutas de la Costa, las trincheras de verduras frescas de la Sierra, el crujir del cuerito reventado entre los dientes, la ingenua pureza de la blanca pulpa de las chirimoyas y las guanábanas… En fuentes de agua helada, que con las justas los preserva del tiempo, se muestran los cangrejos, los camarones, el pulpo y los calamares… Acá están los cocos y los verdes; allá las plantas medicinales como la uña de gato, la manzanilla, el cedrón y el tomillo; y más allá las hierbas aromáticas como la albahaca, el perejil, el laurel, el romero, la hierbabuena; incluso el orégano y el ajo, – que tienen propiedades expectorantes para combatir infecciones respiratorias -, y que exhalan pasiones diversas y evocativas.
De olores, como el barrio de Todos Santos cuando por la tarde sale el pan de los pocos hornos de leña que quedan y se bautiza con nombres tan deliciosos como: las costras, las rodillas de Cristo, los mestizos, las guaguas de pan…
Conventuales, como las casas del Centro Histórico con esos portones inmensos y ventanas protegidas con doble hoja que los vuelven infranqueables a las inquisidoras miradas, pero no a la imaginación. ¿Quiénes las habitarían? ¿De qué hablarían en sus largas tertulias cuando los arreboles del poniente incendiaban sus largas tardes esperando la caída del día?
Acogedores, como casi todos los patios de las viviendas republicanas y las poquísimas huertas que han desafiado al tiempo y a la falsa modernidad. Pero sobre todo el patio de la “Casa de las Palomas”, ahora sede del Instituto de Patrimonio Cultural Zonal 6, ornamentado con el exuberante acanto de hojas recortadas de verde intenso y de un brillo único. Cuenta la leyenda que Calímaco, el escultor griego, fue el inventor del capitel corintio en el siglo V antes de Cristo cuando al visitar la sepultura de una niña en primavera vio como las hojas de acanto crecían alrededor de su canasta con muñecas. Esa imagen le dio la idea para crear un capitel que recreara lo visto. Por su belleza y por su historia el acanto se extendió por Occidente al salir del centro y este del Mediterráneo para escalar por las columnas y convertirse en piedra para adornar los edificios de todo el mundo.
Que congelan la historia, como casi todos los conventos y museos de la ciudad que huelen a naftalina, humedad y pasado. Ahí está desafiando a las polillas y a la memoria colectiva el abandonado Museo de Arte Religioso de la Concepción que ocupa parte del Convento de Clausura fundado en 1599. El silencio se hace carne en el Monasterio. Sus desolados ángeles arcabuceros nos increpan y sus ángeles de la guarda nos imploran que los salvemos de su desamparo.
De muestrario de mercancías para el consumismo a través de un pedazo de la ciudad que son las vitrinas. Cada vitrina resuelve a su manera, teatralmente, la relación de las cosas con las personas, genera una epistemología, una forma del conocer y del sentir. Bajo tales circunstancias la vitrina se dota de altos contenidos simbólicos para el goce del placer de la mirada, que como todo goce es egoísta y tiene sentido de clase. Por estos motivos ahí están a la venta en los mercados populares todos los zapatos de caucho, pantalones, camisas, ropa interior para señoritas expuesta en sensuales maniquís “importados directamente de la Yoni”, ollas, sartenes, cuchillos, cucharas, abrelatas, espátulas, espejos, juguetes y todo lo que China puede fabricar. Mientras que en la calle General Torres y en los “malls”, los “no lugares” o espacios del anonimato como los define Marc Auge, se exhibe la última moda de lo “in” y lo “on” para todos los bolsillos y todos los gustos.
Lugares para caminar, detenerse, de nostalgia y de romance. ¿Porqué por ahí y no por otro lugar? ¿Existirán referencias cósmicas que se mimetizan en la tierra y en los lugares? En el Paseo del Barranco y los Parques Lineales los caminantes deciden que hacer ejercicio, charlar y contemplar, como a la vieja usanza de los habitantes de esta ciudad, es mejor que chatear. Detenerse a beber agua de pitimas en la Plazoleta de la Flores o comer una quesadilla de las Conceptas, que se deslíe en la boca, es una forma de cesar el ritmo del tráfago incesante y de silenciar el torbellino del ruido. El Puente Roto, lugar cargado con un sentimiento de encanto, en donde los enamorados se juran amor eterno intentando parecerse a las piedras de sus estribos que no fueron arrastradas por la creciente de 1950, conectó el pasado con el presente, la ciudad antigua con la nueva, lo alto con lo bajo, el Parque Calderón con El Ejido, símbolo de la nueva ciudad que nació el siglo pasado.
Paul Valéry en su “Eupalinos” le hacía hablar a Sócrates: “¿No has observado, al pasearte por esta ciudad, que entre los edificios que la componen, algunos son mudos, los otros hablan y otros en fin, los más raros, cantan? El fantasma de Eupalinos en la “arquitectura moderna” de Cuenca permite confirmar su presencia en una práctica muy extendida y desconsiderada con la disciplina. Ahí están en el Centro Histórico los mamotretos de hormigón armado con fachadas de “floating walls” que gritan. Y más allá, a prudente distancia de las miradas de la gente sencilla, están los espacios mudos, las urbanizaciones “ecológicas privadas” solo al servicio de unos pocos, donde se procura evitar que otros entren a molestar una tranquilidad artificial. Tienen altos muros y profundas penas.
Mis amables lectores: ¿Qué lugares de su ciudad, por su resplandor, resonancia y de impacto emocional, tienen atributos espaciales?
Referencias:
- EL PAIS, Opinión, Manuel Jabois; “El amor después de Madrid”, 24-01-2023.
- IDEM, Arquitectura, Miguel Ezquiaga Fernández; “La arquitectura de Zuazo y Fisac en Madrid traza un amor de película”, 19-11-2022.
- ID, Estilo de vida, Eduardo Barba; “El exuberante acanto, la planta que une la botánica, la arquitectura y la pintura”, 04-11-2022.
- Papa Francisco; “Carta Encíclica LAUDATO SI”, Sobre el cuidado de la Casa Común, 24-05-2015.
- Cecilia Suarez; “Cuenca, atributos espaciales”, 2004. Fragmentos de este ensayo han sido retomados en el presente artículo.
- Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Cuenca; Documentos Docentes, No. 4, “Ciudad: Historia y Utopía”, 07-2001.
- Marc Auge; “Los ´no lugares´, espacios del anonimato, una antropología de la Sobremodernidad”, Ed. Gedisa, 2000.
- Armando Silva; “Imaginarios Urbanos”, Ed. Tm. Tercer Mundo, 1992.
- Antonio Lloret / Gustavo Lloret / Edmundo Iturralde; Memoria del “Proyecto de Restauración del Monasterio de las Conceptas de Cuenca”, 05-1983.
- Gastón Bachelard; “La Poética del Espacio”, Ed. Fondo de Cultura Económica, 1965.
- Paúl Valéry; “Eupalinos o el Arquitecto”, 1923, Traducción de Mario Pani, 04-1938.
- Noemí Raquel Adagio, bdzalba.fau.unlp.edu.ar, Estudios del Hábitat; “El fantasma de Eupalinos en la Arquitectura Moderna”, s/f.
- Algunos ajustes de estilo corresponden a Olga Jaramillo Medina.
- Varias páginas de Internet.
- El gráfico que acompaña al texto muestra el Patio de la “Casa de las Palomas”, Sede del Instituto de Patrimonio Cultural, Dirección Zonal 6, Cuenca, calle Benigno Malo 6-40, entre Presidente Córdova y Juan Jaramillo.

