Orden Ejecutiva: la «arquitectura civil bonita» de Donald Trump

El magnate hace pocas semanas firmó una Orden Ejecutiva, a más de las ya conocidas mundialmente, titulada: “Promover una arquitectura cívica federal bonita”.

En principio la Orden parecería muy pertinente para elogiar la grandeza de la cultura americana. Pero, ¡ojo! Habrá que sospechar, como en todo lo que se relaciona con Trump, qué querrá significar con este lema arquitectónico. De hecho, la palabra clave no será ni arquitectura ni federal, sino el adjetivo engañosamente ambiguo: bonita.

Ya sabemos que su gusto de lo bonito arquitectónico tiene un largo historial. Su concepto de belleza, en cuanto a edificios se refiere, se forjó entre los dorados excesos de los casinos de Atlantic City, los lobbies de mármol de las Trump Tower y, sobre todo, en su mansión Mar-A-Lago de Miami, residencia estrambótica, kitsch y presuntuosa, catalogada, a pesar de su exquisito mal gusto, como patrimonio arquitectónico por el Gobierno Federal de Estados Unidos.

Pero la Orden Ejecutiva no solo se queda en el adjetivo engañoso y ambiguo de bonita. Aclara que, para alcanzar la belleza, los edificios federales y públicos de los estados deben ser “Neoclásicos, regionales o tradicionales”.

Si nos atenemos a la categoría de Neoclásico, hay que referirse a columnas, arquitrabes, frontones triangulares y mármoles relucientes, al fiel estilo de la Casa Blanca, del Capitolio, de la mayoría de los edificios estatales y los bancos privados del siglo 19. En este sentido, el argumento de la Orden Ejecutiva pretende que los nuevos edificios deben “respetar el patrimonio arquitectónico”.

Recordemos, sin embargo, que el Neoclásico Americano es en esencia una imitación arquitectónica consciente, una reverencia al pasado estilo inglés, que Estados Unidos, en teoría, rechazó al independizarse. La Catedral de San Pablo de Londres, obra del Arquitecto Wren, cien años antes de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, es la referencia directa del Capitolio de Washington.

Pero estas imposiciones de estética tradicionalista no son propias de países democráticos, sino de regímenes totalitarios. Recordemos, tan solo, la Italia fascista de Mussolini, la Alemania nazi de Hitler, a la antigua Unión Soviética de Stalin y a los primeros años de Franco en España, que soñaron y construyeron edificios neoclásicos monumentales y de estilo “imperial”, que se emplazaron en sitios estratégicos de la traza urbana para ser vistos desde todos los ángulos de la ciudad. Estos regímenes entendían que la arquitectura no es solo una simple construcción material, sino también, un símbolo potente de dominación ideológica, un modo sutil de transmitir poder, control y una narrativa histórica bien pensada y fabricada.

Trump, al igual que los “arquitectos” de los regímenes totalitarios, tiene la misma pulsión. Reducir la democracia y la diversidad arquitectónica a una única tradición selectiva, en este caso, el “Neoclásico Trumpista”, es un acto antidemocrático que contiene este claro mensaje: ¡Somos potencia mundial! ¡Mírennos porque somos tan imperiales como los antiguos romanos! Aunque los nuevos edificios que se vayan a construir en pleno siglo 21, ya sea un aeropuerto, o un cuartel, contengan frontones griegos, columnas corintias o capiteles jónicos, eso significa la reafirmación de nuestro poderío.

Estados Unidos no necesita de columnas ni frontones para ser grande. Ya lo fue, al menos en arquitectura, en el siglo anterior. Cuando Frank Lloyd Wrigth construyó la Casa de la Cascada (1935), como un poema de integración entre naturaleza y arquitectura; cuando el edificio Seagram de Mies van der Rohe (1958), desnudaba su estructura desafiando lo que debería ser un rascacielos; o cuando Louis Kahn diseñó el Instituto Salk (1965), mirando al océano Pacifico con la canaleta de agua en el centro de la plaza, enfatizando la relación entre el hombre, la ciencia y la naturaleza. 

La grandeza no está en imitar el pasado, sino en reinterpretarlo. La grandeza reside, más bien, en saber que lo que se hace hoy puede formar parte de la posteridad. No es así cómo se hace América grande otra vez. “No es esto, no es esto” (Ortega y Gasset).         

Referencias:

  • El País; Pedro Torrijos; ¨Las trampas de la arquitectura civil bonita´ que promueve Donald Trump”, 24-02-2025.
  • Claraboya, Carlos Jaramillo; “Mar-A-Lago: exquisito mal gusto, Trump, Musk y Bolsonaro”, 15-01-2025.
  • ChatGPT.
  • Varias páginas de Internet.
  • Algunas correcciones de estilo corresponden a Olga Jaramillo Medina. 
  • La imagen que se acompaña corresponde a: “President-elect Trump in the living room of his three-story penthouse on the 66th of Trump Tower in New York City on nov. 28”. 

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