Relación entre el hombre y la naturaleza: tiempos y territorios

Ensayo presentado en el VIII Workshop RIDOT, Red Interamericana de Observación Territorial; y el XIV Simposio SNDU/PT, Simposio Nacional de Desarrollo Urbano y Planificación Territorial. Junio de 2025. 

 7. Los “derechos de la naturaleza” en la Constitución del Ecuador y Laudato Si

La Constitución del Ecuador representa la propuesta más avanzada del nuevo constitucionalismo de los territorios latinoamericanos en lo que tiene que ver con el reconocimiento de los “derechos de la naturaleza” y su encuentro con la teoría y la práctica de los “derechos humanos”. De esta manera se rompe con el modelo antropocéntrico, convirtiendo a la naturaleza, o Pachamama, en titular de derechos a una entidad que no es humana ni es elaboración de los humanos. Este nuevo paradigma abre la posibilidad de nuevos debates filosóficos que cuestionan el racionalismo instrumental de la modernidad, que es el motor ideológico que acelera la depredación provocada por el predominio del capital sobre el equilibrio en relación de lo social con lo natural.

El reconocimiento de la naturaleza, o Pachamama, como sujeto de derechos se encuentra vinculado indivisiblemente con la ética del Buen vivir o Sumak Kawsay y con la definición del estado plurinacional. Y el régimen del Buen Vivir consagrado en la Constitución se refiere a los siguientes principios ambientales: naturaleza y ambiente sustentables y respetuosos de la diversidad cultural; biodiversidad soberana cuya administración y gestión se debe realizar con responsabilidad intergeneracional; patrimonio natural y ecosistemas para su protección, conservación, recuperación y promoción; recursos naturales no renovables inalienables, imprescriptibles e inembargables; manejo del agua con un enfoque ecosistémico; y, el manejo de la eficiencia energética, el desarrollo y uso de prácticas y tecnologías ambientalmente limpias y sanas, para no poner en riesgo los ecosistemas ni el derecho al agua.      

Laudato Si (2025)del Papa Francisco, es un llamado magisterial, pastoral y espiritual a todo el mundo, a la Tierra como reunión de todos los territorios, para proteger nuestra casa común por el bien de todos, abordando de forma equitativa la crisis climática, la pérdida de biodiversidad y la sostenibilidad ecológica. La Encíclica toma su nombre de la invocación de san Francisco que es el Cántico de las creaturas que recuerda que la tierra, nuestra casa común, “es también como una hermana con la que compartimos la existencia, y como una madre bella que nos acoge entre sus brazos”.

La Encíclica se desarrolla en torno al concepto de ecología integral, como paradigma capaz de articular las relaciones de las personas con Dios, consigo misma, con los demás seres humanos y con la “creación divina”, retomando todos los textos bíblicos y la elaboración teológica basada en ellos. Asimila los recientes conocimientos científicos disponibles para dar una respuesta concreta a la crisis ecológica. Con esta visión la ciencia es vista como un instrumento privilegiado para escuchar el grito de la tierra que se encuentra herida por la acción depredadora del hombre.

El documento presenta un diagnóstico, “lo que está pasando a nuestra casa común” en los ámbitos de la contaminación y cambio climático, la cuestión del agua, la pérdida de la biodiversidad, el deterioro de la calidad de vida humana y decadencia social, la inequidad planetaria, la debilidad de las reacciones y la diversidad de opiniones. Luego, se refiere al “evangelio de la creación” que proviene de la tradición judeo-cristiana y la responsabilidad del ser humano respecto a la creación divina.

En tercer capítulo presenta las causas más profundas de las crisis ecológicas, en diálogo con la filosofía y las ciencias humanas: la tecnología y el poder, la globalización del paradigma tecnológico y las crisis y consecuencias del antropocentrismo moderno.

El cuarto capitulo se refiere a “una ecología integral” como un nuevo paradigmade justicia, en el sentido de que los problemas ambientales son inseparables de los contextos humanos, familiares, laborales y urbanos. No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental. De ahí que el concepto de integralidad debe abarcar: la ecología ambiental, económica y social; la ecología cultural; la ecología de la vida cotidiana; el principio del bien común; y, la justicia entre las generaciones.   

La Encíclica termina con recomendaciones para algunas líneas de orientación de acción política y la educación y espiritualidad ecológica.     

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