Cuenca: la necesidad de tender puentes

Su configuración geográfica está formada con tres terrazas, cada una con características y funciones propias dentro del paisaje: la superior, conocida como Loma de Cullca; la intermedia, el Centro Histórico; y la baja, El Ejido. Entre estas dos últimas se encuentran el Barranco y el Río; el primer río, y los otros tres discurren a distancia ritmadas por la planicie de Guapondélig: “llanura amplia como el cielo”, la llamaron los cañaris, primeros pobladores de los que se tiene noticia por las antiguas crónicas. La llanura se enmarca al sur y al oeste con el gran precinto verde azulado de las montañas, limite virtual, visual y afectivo.

Esta es la posesión de la ciudad en su entorno. Su historia urbana en este paisaje ha sido un acto de invención, de vicisitudes y de intimidades con los ríos. Desde antes de la fundación los viejos asentamientos indígenas y luego el español vivieron junto a los ríos vivificadores. La ciudad actual sigue indisolublemente asomada a sus riberas.

La configuración geográfica de la ciudad, marcada por la presencia de sus ríos que fragmentaban el territorio, condicionó profundamente el desarrollo urbano. A medida que la urbe comenzó a expandirse hacia el sur, esta topografía no solo definió los limites naturales de la ocupación humana, sino que exigieron soluciones permanentes. Fue así como la necesidad de articular el espacio urbano y garantizar la continuidad del crecimiento llevó a la construcción de puentes estables, – a veces, por infortunio de las crecientes del Tomebamba, colapsaban dejando rotas las relaciones entre las terrazas de la ciudad -, concebidos no solo como obras de ingeniería, sino como hitos clave para la integración y cohesión social de la ciudad.

Los puentes de la ciudad se tendieron ligeros y fuertes, por encima de las corrientes. No solo juntaban dos orillas ya existentes, sino que coligaban, y coligan, la ciudad como paisaje en torno a la corriente. Los puentes dejan a la corriente su curso y al mismo tiempo garantizan a los habitantes su camino, para que vayan de una terraza a otra, a pie, en bicicleta o en coche. Han acompañado, y acompañan, de un lado para el otro los pasos vacilantes y apresurados de los ciudadanos para que lleguen a la otra orilla.

Los puentes de la ciudad no han sido simples estructuras destinadas a conectar dos orillas. Con el tiempo, se han transformado en nodos o “puertas urbanas” significativas, lugares a los que se ingresa y de las cuales se parte o se continua hacia otras zonas de la ciudad, funcionando como referencias que organizan la percepción del entorno y orientan al transeúnte dentro del entramado urbano. Kevin Lynch define a los nodos como puntos estratégicos de convergencia de caminos y momentos de transición. Estos nodos se convierten, así, en el foco y el epitome de los barrios.

Los puentes del Centro Histórico de El Vado, El Centenario, Mariano Moreno (De la Escalinata), Todos Santos (Puente Roto) y El Vergel, irradian su influencia y se yerguen como auténticos símbolos urbanos. Más que simples estructuras para cruzar el Río, son arterias que conectan historia, cultura y vida cotidiana. Cada arco cuenta historias de generaciones que han transitado por ellos. Cada puente es un abrazo entre barrios, uniendo historias que laten sobre el Río.  

El puente de El Vado fue construido por el ingeniero italiano Martin Pietri e inaugurado en 1813. El material más empleado, el calicanto, provenía de Oña y fue trabajado por los indígenas de El Ejido y por presos, a quienes se les concedió la libertad únicamente para participar en tan importante obra. Durante la creciente del 3 de abril de 1950, el puente quedó destruido, y la imperiosa necesidad de contar con uno nuevo obligó a iniciar su reconstrucción con rapidez.

El puente El Centenario se construyó a partir de los planos realizados por el ingeniero checo Gerosiao Jizba, con el propósito de conmemorar los 100 años de Independencia y sustituir el antiguo puente de madera denominado “Virgen del Río”. Se trata de una estructura de ladrillo unida con argamasa y conformada con tres arcos menores apoyados en un arco superior. Estos arcos, ubicados tanto en el arranque como en el final del puente, permiten distribuir y soportar mejor las cargas, otorgándole al conjunto una especial ligereza. Resistió al gran creciente del Río, consolidándose como un testimonio de resiliencia y continuidad histórica.

El puente de piedra Mariano Moreno (De la Escalinata), con mortero de argamasa, alta balaustrada, seis pináculos y cuatro farolas, con tajamares en el centro de sus bases, puntas de piedra para frenar y dividir el ímpetu de las aguas, fue construido por el ingeniero municipal Sergio Orejuela. Al presidente del Consejo Municipal, Antonio Barzallo, le correspondió inaugurarlo el 10 de agosto de 1940. Sobrevivió a la creciente del Río. Hoy también es conocido como el “Puente: Vivas Nos Queremos”, simbólico y memoria colectiva.

El puente de Todos Santos (Puente Roto), de piedra y mármol labrado, con su balaustrada de ladrillo y arcos sucesivos que extendía el abrazo hasta la otra orilla, comenzó a levantarse en 1849, bajo la mirada del gobernador Jerónimo Carrión.  Cargado con un sentimiento de encanto, en donde los enamorados se juran amor eterno intentando parecerse a las piedras de sus estribos que no fueron arrastradas por el crecimiento de 1950. Puente que unió el pasado con el presente, la ciudad antigua con la que despierta, nacida a mediados del siglo pasado.

El “Camino Real” incaico creado por Huayna Cápac tenía en estas tierras un punto estratégico: el Puente del Inca, también llamado Ingachaca, (hoy puente El Vergel), que servía como paso para la salida hacia Quito y Cuzco. Por esta razón, quienes viajaban al norte o hacia el sur hacían herrar sus acémilas antes de continuar el trayecto. El nombre de la calle de Las Herrerías conserva la memoria de esta práctica ancestral. La historia del puente se registra así: su presencia se certifica desde 1849, fue sustituido en 1930, desaparece a causa de la creciente del Río de 1950, y la nueva estructura de hormigón se inaugura el 13 de marzo de 1973.

Quizá por lo narrado Cuenca se define como por esa voluntad silenciosa de unir lo que la geografía separa. En cada estructura suspendida late una convicción humana: que ninguna distancia es definitiva si sus habitantes deciden caminar hacia el otro lado del río.

Referencias:

  • Martin Heidegger; “Construir, habitar, pensar”, 1951.
  • Klever Rodríguez, Eduardo Peñafiel y Carlos Jaramillo; “Barrio El Vergel, Planificación Urbana”, Tesis Profesional de Arquitectura, Universidad de Cuenca, 1974.
  • Kevin Lynch; “La imagen de la Ciudad”, 1984.
  • Hernán Crespo Toral; “Las señas de Identidad”, en “Cuenca de los Andes”, enero, 1998.
  • Karla Zeas Guzmán; “Los Puentes del Centro Histórico de Cuenca”, Tesis Profesional de Arquitectura, Universidad de Cuenca, 2013.       

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