Por qué la IA nunca debería recibir un premio de arquitectura

Desde el lanzamiento del ChatGPT y la inteligencia artificial (IA) generativa a finales de 2022, vivimos un giro histórico porque la técnica ha invadido el territorio del lenguaje, núcleo de la experiencia intelectual y creativa. Los analistas hablan de que la IA ha descubierto, la IA ha creado, la IA ha diseñado, etc. Pero esas afirmaciones encierran una peligrosa ilusión: la de atribuir a la IA, por ejemplo, en arquitectura, no solo inteligencia, sino conciencia humana donde no las hay.

Los comentarios de los especialistas pueden parecer provocadores, incluso inspiradores, pero en el fondo encierra un error filosófico y ético profundo: una IA no es una persona, no es un agente moral y, por tanto, no puede asumir responsabilidad por sus actos. En el acto poético de la creatividad en arquitectura la autoría y el reconocimiento público, por ejemplo, el premio Bienal de Quito, no se otorgan únicamente por producir resultados, sino por rendir cuentas de ellos. Firmar un diseño o aceptar un premio implica responder por el partido adoptado, el método empleado, por las decisiones tomadas y por las consecuencias derivadas de la propuesta. Un arquitecto debe explicar por qué hizo lo que hizo, aceptar la crítica constructiva, defender su interpretación, etc. Una IA en arquitectura, en cambio, no entiende lo que hace, no tiene intención ni conciencia, su producto no tiene sentido, solo genera resultados gráficos que nosotros interpretamos como significativos.

Los miembros de un comité de un premio no solo deben actuar con sentido común, sino también con sentido ético. Deben distinguir entre el poder instrumental y la responsabilidad intelectual. Una máquina no puede recibir un premio de arquitectura por la misma razón que no puede ser juzgada ni absuelta: porque no es un agente ético.

Como lo dijo Kant y nos recordó Hannah Arendt, un agente ético no se define por lo que hace, sino por la conciencia con la que actúa. Y esa conciencia, la capacidad de deliberar, de asumir consecuencias, de distinguir entre lo bueno y lo malo, es lo que la IA no tiene y nunca tendrá. Cuando un arquitecto sustenta un diseño responde ante un tribunal y ante la sociedad. Cuando una IA presenta una propuesta, lo hace sin intención y no responde a nadie.

Confundir el funcionamiento de la IA con la verdadera inteligencia, la inteligencia natural, es el signo de nuestros tiempos. La herramienta de la IA no es inteligente, sino un sistema de cálculo capaz de producir un pseudolenguaje sin comprensión ni subjetividad. Tal vez nos seduce la idea de que las máquinas piensan, crean y deciden porque estamos cansados de pensar nosotros y nos eximen del peso de la responsabilidad.

Premiar a una IA en arquitectura sería llevar esa delegación hasta el extremo de abdicar de la autoría humana. Sería convertir la inteligencia en una función automática, desligada del juicio, de la experiencia, del riesgo. La inteligencia natural humana es lo contrario: un ejercicio de duda, un acto de coraje intelectual y responsabilidad.

Otorgar un premio de arquitectura a una IA sería confundir el instrumento con el autor, el resultado con el sentido, el poder de cálculo con el pensamiento. No sería el triunfo de la ciencia, sino una derrota de la razón y la intuición.

Referencia:

Diario El País, Ramón López de Mántaras; “Por qué una IA nunca debería recibir un premio Nobel”, 10, oct 2025. Este artículo, centrado en la relación entre la ciencia y la IA, puede extrapolarse al estudio de la relación entre la arquitectura y la IA. Algunos párrafos han sido transcritos literalmente.     

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