Fragmentos de un dron iraní interceptado cayeron sombre Palm Jumeirah, la isla artificial con forma de palmera en Dubái, causando daños y explosiones en la zona.
Dubái es una de las ciudades más importantes de los Emiratos Árabes Unidos, donde viven muchos millonarios y empresarios internacionales. Es un centro financiero y turístico global, donde el estilo de vida mezcla lujo, negocios y ocio, dando la impresión de que muchos trabajan mientras viven como si estuvieran de vacaciones.
Desde que se fundó en medio del desierto, con veranos que pueden rondar los 45-48° C, ha mostrado su condición distópica gracias a los petrodólares de jeques e inversionistas multimillonarios del mundo entero.
Dispone de cadenas de hoteles – residencias con suites y ventanas que dan a acuarios con tiburones que pasan literalmente al otro lado del cristal, pistas de esquí interiores con colonias de pingüinos y otras muchas amenidades raras. Algunos ejemplos reales que encajan con lo dicho: el hotel Atlantis, el centro comercial Mall of the Emirates, el Burj Khalifa, o las islas artificiales tipo Palm Jumeirah, que reflejan un urbanismo orientado al espectáculo y al consumo.
En esta condición de pastiche posmoderno, el skyline de Dubái es un catálogo de caprichos a escala colosal, con torres para todos los gustos y colores, que dibujan una amalgama de estilos arquitectónicos a la vez y ninguno al mismo tiempo. Un pastiche posmoderno elevado a doctrina urbanística, en paralelo con las Vegas, tal como lo plantearon Robert Venturi, Denise Scott y Steven Izenour, en su influyente libro “Aprendiendo de las Vegas” (1972), para entenderse no solo como un espacio funcional, sino como un sistema de signos y comunicación.
El escritor Pedro Torrijos describe a Dubái como la realización definitiva del simulacro, el lugar donde la copia ha reemplazado al original de forma tan completa que la pregunta ya no tiene sentido. No hay tradición arquitectónica local que sirva de referente válido. Lo que se ha construido es una “ciudad renders habitable”, de imágenes promocionales sin ningún filtro intermedio de historia, contexto o necesidad.
Y su construcción, donde el 90% de la población es extrajera, tuvo el matiz de explotación ecológica y laboral con el concurso de trabajadores nepalíes, indios, bangladesíes, pakistaníes, filipinos, etíopes, ugandeses y kenianos. Su misión fue construir un simulacro de ciudad donde exista una isla cuya forma de palmera sea solo visible desde el aire o desde Google Earth, para que su elegancia arquitectónica sea consumida solo como imagen antes que como un lugar para vivir.
En la guerra del Golfo Pérsico el fragmento de un dron iraní atravesó el escudo protector de la distópica burbuja urbanística de Dubái. Y su fragilidad dejó esta lección:
- La ciudad brillaba como un espejismo en el desierto. Torres de vidrio reflejaban un cielo que ya no pertenecía a la tierra. Todo estaba contenido, controlado, climatizado. Nada debía fallar.
- Pero debajo de la perfección, la presión aumentaba. Cada gota de agua desalinizada, cada corriente de aire artificial, cada sonrisa sostenida por el consumo… eran parte de un equilibrio imposible.
- La burbuja no estalló de inmediato. Primero se agrietó en silencio.
- Y cuando finalmente cedió, no fue el fragmento de un dron iraní lo que más asustó, sino su revelación: nunca fue tan fuerte como parecía, porque, en la línea de lo que plantea Jean Baudrillard, el simulacro colapsa cuando irrumpe la realidad.
Referencias:
- El País, Pedro Torrijos; “´Todos los estilos arquitectónicos y ninguno al mismo tiempo´: cómo Dubái se convirtió en un catálogo de caprichos a escala colosal”, 18-03-2026.
- Varias páginas de Internet e IA.

