“Vive la serenidad”. “Vive práctico”. “Vive elegante”. “Vistas espectaculares panorámicas”.
Suena bonito… pero también suena a promesa empaquetada.
Esos letreros no están describiendo la vida, están vendiendo una idea de vida. Reducen algo complejo, lleno de contradicciones, a promesas simples y aspiracionales:
La “serenidad” no viene del edificio; lo “práctico” no siempre es lo que más se anuncia; lo “elegante” rara vez depende de los acabados; y las “vistas espectaculares panorámicas” no describen una realidad sino una posibilidad condicionada. La serenidad no se compra, se construye a golpes y paciencia; lo práctico se aprende a adaptar y no tener todo resuelto; la elegancia no se alcanza comprándola, sino depurándola; y las mejores vistas solo se alcanzan como un atributo real del inmueble.
El sentido de estas frases, – tan comunes en letreros y discursos inmobiliarios -, puede leerse, en la línea de Byung-Chul Han, como parte de una estética del rendimiento que disfraza el bienestar. Como si fuera una cualidad del objeto, convierten lo práctico en espectáculo y se reduce la elegancia a superficie. Pero al desmontarlas, se revela su vacio: no describen experiencias reales, sino que producen una ilusión de vida lograda, perfectamente vendible y constantemente exigible.
“Vivir la serenidad” no viene del edificio, porque el bienestar no puede comprarse o diseñarse externamente. En la sociedad del cansancio se vive en una cultura de rendimiento donde todo se optimiza, incluso el descanso. La serenidad no es un producto arquitectónico ni un lujo inmobiliario: es un estado interior que no depende del entorno material, de modo mecánico, sino de la relación que tenemos con el tiempo, el silencio y nosotros mismos.
“Vivir lo práctico” no siempre es lo que más se anuncia. Han diría que vivimos en una sociedad de la positividad, donde todo debe mostrarse como eficiente, atractivo y vendible. Lo práctico, útil o auténtico queda subordinado a lo visible. La funcionalidad real pierde frente a la narrativa comercial.
“Vivir elegante” se conecta con la idea de la pérdida de profundidad en favor de la superficie. La verdadera elegancia no está en el brillo ni en el detalle arquitectónico superficial, sino en una cierta sobriedad con sentido, incluso en lo imperfecto.
“Vistas espectaculares panorámicas” deja de operar únicamente como atributo físico del inmueble y se convierte en un activo simbólico cuya valoración depende de expectativas urbanas futuras. En términos de David Harvey, esto implica una producción del espacio orientada a la captura anticipada de renta. Así, la “vista” se incorpora al precio como valor inmaterial no garantizado, configurando una forma de valoración especulativa y, por tanto, intrínsicamente riesgosa: su realización depende de condiciones externas que pueden revertirse, como la eventual obstrucción de las vistas por nuevas edificaciones.
Frente a los mensajes cada vez más comunes en letreros y discursos inmobiliarios, es necesario cuestionar un modelo que, como advierte Harvey, ya no se limita a construir arquitectura, sino a producir expectativas espacializadas. En este contexto, la vivienda deja de ser un lugar para habitar y se convierte en un soporte de promesas: vivir con serenidad, ser práctico, elegante, tener buenas vistas, plusvalías, futuros posibles…
Sin embargo, el verdadero habitar no consiste en consumir una promesa, sino sostener una presencia. Allí en donde termina la apariencia, comienza la vida. La serenidad no se ofrece como un atributo de mercado: se cultiva en el silencio. Y el vivir bien no se compra, se aprende, lentamente, en la experiencia concreta de habitar.
Referencias:
- Byung-Chul Han; “La sociedad del cansancio”, 2010.
- David Harvey; “Ciudades rebeldes”, 2012.
- Internet e IA.

