Hay que vivir para edificar la casa y no edificar la casa para vivir en ella. La casa crece a la medida de su dueño porque es una maravilla del universo y no una simple construcción material hecha como símbolo de una tecnología.
La cueva de la casa tiene poderes de nido y por tanto una espacialidad redonda. Es un rincón curvo, una geometría habitada para el amor, el reposo y la imaginación. El casillero del ser es la casa. La casa es el armario de los recuerdos.
Es también calor tibio inicial primitivo. Espacio útero, iluminado e iluminador. La sucesión de buhardillas y rincones son los sitios mágicos de la casa.
El cuarto con chimenea es uno de esos rincones donde nos proyectamos, el lugar para la meditación y para poner la mente en blanco. El rincón para agazaparnos encogiendo el cuerpo contra la tierra para regresar a lo telúrico.
El alma vive este rincón. Lo recorre en circulo y al mismo tiempo se inmoviliza para comprenderlo mejor.
El fuego de la chimenea invita además a levitar el alma. El cuerpo se inmoviliza, pero el alma se desliza lentamente. Esto solo es posible frente al hogar. Solo frente al hogar se crea más lugar y crece nuestro mundo.
El fuego pertenece por su naturaleza a las formas que se elevan en contraposición al mundo descendente del agua.
Cuando el fuego se eleva fuerte induce al movimiento, a la dinamia y repetición. Invita a respirar cósmicamente para olvidarnos, aunque sea por un momento, de nuestras agonías humanas. También se produce en nosotros una actitud hipnótica, contemplativa, que agranda el ser.
Etimológicamente la palabra fuego tiene un alma latina: focus, que se refería al sitio donde se prendía la lumbre para cocinar y calentar la casa. De ahí las palabras foco y enfocar. El cambio de focus a fuego, nos recuerda que la -o-tónica en latín se diptonga en -ue-en castellano patrimonial. El cambio de cus a go final se encuentra en otras palabras, por ejemplo: luego (de locus), juego (iocus) y mago (magicus). Por lo general la f inicial del latín se pierde en castellano. Por ello la palabra fuego dio lugar a hogar y hoguera.
Los merodeos descritos se asientan en una remota arqueología humana. El fuego era sagrado en el comienzo del mundo. Los antiguos hombres vivieron los fuegos sagrados para dominarlo. El fuego así se adhirió a lo sagrado. Fuego y mundo nacieron originariamente en forma indisoluble.
Casa y fuego, fuego y hogar. El hogar es la casa del fuego, el lugar poético para la tertulia, donde el proceso de combustión se combina poéticamente con el oxígeno del aire doméstico de la casa.
Referencias:
- Diccionario RAE y ASALE, 2023.
- Margarite Yourcenar; «El tiempo gran escultor», 1983.
- Gastón Bachelard; “La Poética del Espacio”, 1965.
- Martín Heidegger; “Construir, habitar, pensar”, 1951.
- Enciclopedia ENCARTA; “Línea del Tiempo”.
- Varias páginas de Internet.

