Uzhupud: ¿pueden las enredaderas corregir la arquitectura?

Frank Llody Wrigth decía que el médico puede enterrar sus errores, mientras que el arquitecto solo puede aconsejar a sus clientes que planten enredaderas para ocultarlos. La frase, irónica y provocadora, encierra una verdad profunda: la arquitectura permanece y sus consecuencias pasan a formar parte del paisaje.

La arquitectura biofílica no puede reducirse a incorporar vegetación a una construcción. Su desafío consiste en establecer una relación responsable entre edificio, biodiversidad, agua, suelo, clima y paisaje.

Porque una fachada verde no garantiza, por sí sola, una arquitectura sostenible. La sostenibilidad debe demostrarse en el conjunto de la intervención y en sus efectos a largo plazo.

La cuestión, en definitiva, no es si podemos cubrir la arquitectura con plantas, sino si somos capaces de construir sin empobrecer el paisaje que da identidad. La naturaleza no debe convertirse en un recurso para embellecer la arquitectura, sino en un criterio para juzgarla.

En el negocio inmobiliario hay una paradoja que no se debe pasar por alto: la naturaleza es convertida en recurso publicitario mostrando la arquitectura únicamente con imágenes seductoras.

Ante el proyecto de Uzhupud Sky Garden, en el valle de Paute, que plantea un “edificio jardín” de 14 pisos con una fachada que pretende incorporar alrededor de 40.000 plantas, la pregunta clave sería: ¿qué paisaje existe ahora y qué paisaje quedará después? ¿Qué sucede con el suelo, el agua, la biodiversidad, las infraestructuras y la relación del proyecto con la comunidad? ¿Se ha evaluado el impacto del conjunto o se pretende que la vegetación visible represente, por sí sola, la totalidad de sus virtudes ambientales?

El valle andino de Paute no es un espacio vacio a la espera de una arquitectura espectacular. Es una construcción milenaria de naturaleza, cultura y memoria. Para intervenir en ella se debe exigir algo más que una simple innovación formal: sensibilidad, conocimiento y responsabilidad.

La advertencia de Wright adquiere de este modo una resonancia contemporánea. Las enredaderas pueden cubrir una fachada, pero no pueden corregir por sí mismas los burdos incumplimientos de las normas urbanísticas y arquitectónicas, una implantación equivocada, reparar un ecosistema alterado, ni restituir un paisaje perdido.

El mal ejemplo de Cuenca, donde la especulación inmobiliaria y la banalización del lenguaje arquitectónico han ido degradando el paisaje urbano, comienza a extenderse más allá de sus límites cantonales. Porque el paisaje no es un simple telón de fondo para la arquitectura ni la naturaleza un adorno para legitimar cualquier proyecto.

Cuando la arquitectura renuncia a dialogar con el territorio, no lo transforma, lo degrada. Y cuando el mal ejemplo se convierte en modelo, la banalidad deja de ser una excepción para convertirse en paisaje.    

Deja una respuesta

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar