El pequeño jardín de mi casa y la ciudad gris en expansión…

El arupo en flor dura un suspiro en el tiempo, el sauco con carga simbólica y usos tradicionales para infusiones y remedios, el cedrón guarda aromas que el viento no se lleva, el limón da su brillo como pequeña estrella, el terciopelo viste hojas que parecen abrazos del cielo.

La achira, de hojas grandes y con rizomas, guarda fuerza y alimento; las eugenias forman setos que protegen, y en cada rama hay un susurro escondido que nos habla de vida y sentido; el escancel, humilde entre hojas y sol, guarda en su color lacre la memoria de la cura; los chorritos de luz, son pequeños destellos donde alguna abeja curiosa se acerca como quien visita un secreto.

La rosa tradicional de Castilla, con sus racimos de tono rosado y rica fragancia, flor del ayer, resiste el tiempo sin nunca caer. Los geranios encienden su fuego en la ventana y las hortensias parecen retener la luz… y el tiempo se vuelve más lento. Las hierbas aromáticas como la menta, el toronjil, la esencia de rosas, la malva olorosa y el romero tienen propiedades expectorantes para combatir infecciones respiratorias y exhalan pasiones diversas y evocativas.

Y las manchas de coral, a la luz del día, invitan al vuelo del frágil cuerpecito del colibrí, maestro del canario y del gorrión, mis incondicionales aliados naturales.

La ruda y el floripondio ocupan un lugar especial en mi jardín, como dos presencias que dialogan entre lo terrenal y lo misterioso. El olor de la ruda no pasa desapercibido: es intenso, penetrante. No huele para agradar… huele para recordar, como una memoria antigua que se queda suspendida en el aire.

Y el floripondio, al caer la tarde, de sus flores emerge una fragancia casi hipnótica, suave y envolvente, que se desliza en el aire como un velo invisible… invitando a detenerse, a respirar profundo, a escuchar el silencio.        

No hay mejor lugar para descansar, contemplar, pensar y soñar que un jardín. Es un remedio silencioso para los conflictos, un espacio donde el ego se aquieta y la conciencia se renueva. Aquí cada hoja, cada flor, cada aroma tiene su lugar y su tiempo.

Salir al jardín no es un simple gesto romántico; es entrar en nosotros mismos para, desde ahí, abrirnos a los demás. Es una pausa fértil, un regreso a lo esencial. Entre las plantas encontramos algo que no se compra ni se eleva en cemento: silencio, raíz, sentido. Aquí respiramos, pensamos, soñamos…aquí vivimos.

En estos tiempos de incertidumbre, de cambio climático y de la constante herida sobre la naturaleza, pensar el jardín – y ajardinar las utopías – se vuelve un acto necesario. Porque en este gesto sembramos, también en nuestros paisajes interiores, la posibilidad de sueños realizables.

No deseo perder el pequeño jardín de mi casa, ubicada en El Ejido, un barrio concebido como “Ciudad Jardín” bajo los principios de planificación de Gatto Sobral, donde la relación entre vivienda y naturaleza forma parte esencial de la calidad de vida.

Hoy, ese modelo urbano está siendo progresivamente desplazado por una creciente presión inmobiliaria que privilegia la densificación acelerada, la construcción de edificios sin los retiros adecuados y la rentabilidad inmediata por encima de la habitabilidad y la calidad de los espacios construidos.

En este modelo de ciudad gris en expansión promovido por la autoridad municipal, con calles encañonadas donde la luz solar entra de forma limitada, los espacios verdes desaparecen progresivamente, siendo sustituidos por cemento y hierro. Con ello se pierde el paisaje, las hermosas vistas hacia las montañas que rodean la ciudad, la identidad del barrio y el equilibrio ambiental.

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