La metamorfosis del ático

La palabra ático tiene un origen muy interesante. Procede del griego attikós, ático, o de Ática, la región donde se encuentra Atenas. Lo ático se asociaba al refinamiento y al estilo clásico ateniense.

En la arquitectura romana, el término latino atticus comenzó a designaruna estructura elevada situada sobre la parte principal de una fachada, generalmente encima de la cornisa. Este cuerpo superior servía para dar mayor altura y majestuosidad al edificio y muchas veces llevaba inscripciones o elementos decorativos.

Mientras que las insulae de la antigua Roma eran en cierto sentido equivalentes a los modernos edificios de apartamentos. Podían tener varios pisos, a veces hasta 5 o más. Los niveles inferiores solían ser más cómodos y seguros; en tanto que los superiores eran más pequeños, baratos y precarios. En ellos se alojaba buena parte de la población urbana que no podía permitirse vivir en una domus, la vivienda privada de las familias acomodadas. En cierto modo, estos pisos altos podrían considerarse un antecedente remoto de lo que muchos siglos después llamaríamos áticos, aunque su significado social era entonces prácticamente el opuesto.  

Posteriormente el concepto evolucionó y pasó a designar, en la arquitectura residencial, el espacio situado bajo la cubierta. Con el desarrollo de la arquitectura urbana y especialmente del mercado inmobiliario moderno, el término adquirió un nuevo significado: una vivienda situada en el último piso de un edificio generalmente asociada a una terraza o espacio exterior privado.  

Sin embargo, es necesario aclarar estas diferencias. La buhardilla describe principalmente un espacio interior situado bajo el tejado generalmente condicionado por la inclinación de la cubierta. La azotea, en cambio, es una cubierta plana normalmente transitable y accesible. El ático puede referirse sobre todo en el lenguaje inmobiliario contemporáneo, a la posición de una vivienda: el último nivel de un edificio, frecuentemente asociado a una terraza.

Por ello, una vivienda puede ser un ático con terraza, mientras que una casa antigua puede tener una buhardilla bajo una cubierta de tipo mansarda. Son conceptos relacionados con la parte superior del edificio pero no son sinónimos.  

Hoy, la idea del ático incorpora ciertas connotaciones que van más allá de su ubicación en la última planta. El ático se presenta como un refugio elevado sobre el mundo exterior, un espacio de intimidad, protección y en cierto sentido de salvación. Su valor no reside únicamente en ocupar el nivel más alto, sino en la experiencia que es capaz de ofrecer.

En el segmento más exclusivo de la vivienda la condición de ático se constituye mediante una combinación de factores: una orientación favorable, luz natural, vistas de calidad y un alto grado de privacidad. La terraza adquiere aquí un papel fundamental: no basta con disponer de un espacio exterior, este debe permitir contemplar el entorno sin quedar expuesto a la mirada de los vecinos.

De este modo, el ático contemporáneo no es simplemente el último piso: es una forma particular de habitar la altura. La elevación, la luz, las vistas y la privacidad transforman una posición dentro del edificio en una experiencia de refugio y exclusividad.    

Por esta razón, los áticos suelen alcanzar en el mercado inmobiliario precios superiores a los de los pisos situados en niveles inferiores. En determinados mercados de alta gama esta diferencia puede situarse en torno al 20%, aunque el porcentaje varía según la ciudad, la ubicación, las características del edificio y las condiciones específicas de la vivienda.

Históricamente el ático ha experimentado una verdadera metamorfosis social y arquitectónica. Al inicio de las grandes reformas urbanas del siglo 19, – primero en Francia con las transformaciones impulsadas por Haussmann y posteriormente en otras capitales europeas y americanas, – la arquitectura residencial burguesa estaba concebida según una jerarquía vertical en la que la categoría social disminuía a medida que aumentaba la altura del edificio. ¿Una reminiscencia tipológica o una analogía con las insulae romanas?

El primer piso, o piano nobile, constituía la planta noble y estaba destinado a los propietarios, a las familias burguesas acomodadas y en algunos casos a la aristocracia. Sus viviendas disfrutaban de mayor altura de techos, mejores materiales, amplias ventanas y una relación más directa con la calle.

En cambio, las plantas superiores (la quinta, o la sexta, según la altura del edificio), estaban ocupadas frecuentemente por buhardillas y pequeñas habitaciones bajo cubierta, de acceso incómodo, deficientemente acondicionadas y construidas con materiales más modestos. Allí habitaban a menudo el servicio doméstico, trabajadores con menores recursos y en algunos contextos artistas y bohemios. Un caso interesante: Picasso habitó el Bateau-Lavoir, en Montmartre, París, un edifico donde numerosos artistas ocupaban espacios modestos en las plantas superiores. De este modo la buhardilla antiguamente asociada a la pobreza y a la marginalidad se convirtió en el imaginario lugar del artista, de la libertad y de la creación.  

La distribución socioeconómica de los edificios mantuvo durante mucho tiempo esta estructura jerárquica, marcada hasta mediados del siglo 20, cuando la generalización del ascensor transformó profundamente la relación entre las distintas plantas del edificio, tanto en las nuevas construcciones como en la rehabilitación de los inmuebles antiguos.

La incorporación del ascensor eliminó en buena medida el inconveniente histórico de subir hasta los pisos superiores. De este modo áticos y buhardillas encontraron una nueva oportunidad de valoración: aquellos espacios que habían sido considerados secundarios, incómodos y destinados a las clases de menores recursos comenzaron a transformarse en viviendas confortables, luminosas y finalmente exclusivas.

El historiador español Ianko López señala que el concepto del ático como propiedad de lujo suele situarse en Nueva York y posteriormente en otras grandes ciudades del mundo durante las primeras décadas del siglo 20.

En los edificios de la época comenzaron a desarrollarse nuevas formas de aprovechamiento de las cubiertas, entre ellas las terrazas ajardinadas o rooftop gardens, que introdujeron una nueva manera de disfrutar de la altura, el aire libre y las vistas sobre la ciudad. Poco después apareció y se consolidó el concepto de penthouse (dellatín pendere, colgar): una vivienda independiente situada en la última planta del edificio, dotada de amplias terrazas y de los equipamientos asociados al lujo. Nueva York se convirtió así en uno de los principales escenarios de esta transformación.   

La apuesta más extravagante de este modelo arquitectónico apareció en el año 1925, cuando se construyó en la Quinta Avenida de Nueva York un nuevo edificio destinado a la rica heredera Marjorie Merriweather Post. Ella exigió que su antigua mansión fuera reproducida en las tres plantas superiores del nuevo inmueble. El resultado fue un auténtico pastiche, una residencia señorial encaramada en lo alto de un edificio de 13 pisos: una fantasía de estatus social convertida en realidad arquitectónica.

A finales del siglo 20 los departamentos situados de las últimas plantas de las nuevas torres residenciales podían contar con elevadores privados ultrarrápidos, capaces de acceder directamente a la vivienda. Esta innovación reforzó todavía más el carácter exclusivo del ático, convirtiéndolo en una especie de microcosmos aislado del resto de vecinos: un espacio privado dentro de la propia verticalidad del edificio.

I. López recuerda un ejemplo particularmente ilustrativo en el imaginario popular de los años 80: la serie americana Dinastía, un culebrón de amor, lujo e intrigas familiares. La poderosa familia Carrinton vivía en una enorme mansión a las afueras de Denver, mientras que Alexis Collins, protagonizaba espectaculares apariciones al abrirse las puertas deslizantes de un ascensor que comunicaba directamente con el gran salón de su céntrico y suntuoso penthouse.

La naturaleza humana parece perseguir constantemente la conquista de las alturas, en una aspiración que encuentra en el ático una de las expresiones más elocuentes. Esta tendencia puede articularse como una distopía de la sociedad posmoderna: los más ricos ocupan los pisos superiores de los edificios, mientras que las clases desfavorecidas quedan relegadas a plantas cada vez más próximas al suelo.

La alegoría resulta inquietante: las élites nos sobrevuelan y desde esta posición elevada parecen ejercer también una forma de dominio simbólico y cultural. Esta dimensión simbólica aparece en la película La dolce vita, de Federico Fellini, donde el personaje de Steiner habita un ático cuidadosamente decorado, convertido en un escenario de refinamiento y perfección.  

Por lo demás los penthouse también presentan su lado negativo. En caso de movimientos sísmicos, por ejemplo, los efectos del movimiento pueden sentirse con mayor intensidad en las plantas superiores. Sin embargo, esta condición no ha impedido que sigan considerándose objetos de deseo. Su atractivo reside precisamente en esa condición ambivalente: permiten ver sin ser vistos, contemplar la ciudad desde una aposición privilegiada y disfrutar de la luz, las vistas y la distancia. Pero, al mismo tiempo, esa elevación puede producir una paradójica sensación de extrañamiento respecto de la propia ciudad. 

Durante algunos siglos vivir bajo el tejado fue un estigma. Hoy, en cambio, por obra y gracia de su extraordinaria metamorfosis y pagando una prima en el mercado inmobiliario el penthouse se han convertido en un activo de distinción y prestigio.

La historia del ático ha experimentado una evolución singular: de vivienda situada en la última planta y asociada durante siglos a una posición secundaria pasó a convertirse en ático de lujo y finalmente en penthouse. En esta transformación el ascensor, las vistas privilegiadas, las terrazas y las nuevas formas de distinción social y cultural desempeñaron un papel decisivo, hasta convertirlo en uno de los espacios más codiciados y simbólicamente prestigiosos de la arquitectura contemporánea.

Parece haberse cumplido, de alguna manera, la premonición de Quasimodo en Nuestra Señora de París, de VíctorHugo, cuando habitaba las alturas de Notre-Dame, entre las campanas y bajo las cubiertas de la catedral. Sin saberlo, podría decirse que anunciaba una metamorfosis que tardaría siglos en llegar: aquellas alturas, entonces marginales y casi inhóspitas, acabarían convirtiéndose en uno de los lugares más codiciados de la arquitectura residencial. Del campanero de Notre-Dame al moderno penthouse, la historia del ático parece una verdadera inversión del significado de la altura.

Referencias:

  • El País, Desing, Ianko López; “Por qué nos obsesionan los áticos: así se creó un símbolo de estatus”, 24-08-2026.
  • Grupo 2C; “La Barcelona de Cerdá”, 2009.
  • Leonardo Benevolo; “Historia de la Arquitectura Moderna”, 1974.
  • IA y varias páginas de Internet.
  • La imagen que se acompaña fue obtenida mediante una búsqueda en Google; “The First Penthouse in Manhattan (Marjorie Merriweather Post Penthouse)”.

Un dato curioso:

Marjorie Merriweather Post, heredera de la fortuna de Postum Cereal Company, también encargó la construcción de Mar-a-Lago, en Palm Beach, Florida, cuya obra concluyó en 1927. Post vivió allí y la utilizó como residencia de invierno. En 1985 Donald Trump adquirió la mansión y posteriormente la transformó en un club privado, aunque conservó para sí una residencia dentro de la propiedad que utiliza como residencia de temporada.           

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