Anne Carson, poetisa y ensayista canadiense, recibió la noticia del Premio Nobel de Literatura 2026 mientras “escuchaba el viento de Islandia”. Como si en el instante en que el mundo la reconociera ella estuviera escuchando precisamente aquello que no puede ser reconocido, poseído ni detenido: una fuerza invisible que atraviesa el paisaje, que no conoce fronteras. Que pasa. Y precisamente porque pasa, el viento lleva consigo algo de los lugares por donde atravieza.
Quizá allí exista una pequeña lección sobre la literatura. El escritor y poeta escucha aquello que los demás apenas perciben. Escucha el silencio entre las palabras, la respiración del paisaje, el rumor de los árboles, la memoria que permanece en los lugares…
Acaso, por eso mismo resultaría sugerente llevar la imagen de Carson hasta Cuenca. No porque sean el mismo viento, sino porque ambos nos recuerdan que el paisaje no está hecho únicamente de aquello que podemos ver. También está hecho de aquello que sentimos sin poder retener.
El viento andino no solo es un fenómeno atmosférico. En la tradición quechua aparece la idea de wayra (huayra), palabra vinculada al viento. El viento puede ser fuerza, movimiento, presencia y también mensajero. No existe necesariamente una figura equivalente a Eolo, hijo de Júpiter y de la ninfa Melanipa, el único “dios de los vientos” de la mitología griega. La relación es más compleja y está integrada a la concepción de la Pachamama y de las fuerzas que animan el territorio.
El viento andino del entorno de Cuenca no pertenece al cielo: pertenece al territorio. Baja de las montañas, se desliza por las quebradas, atraviesa los valles (Tomebamba, Yunguilla, Paute, Gualaceo, Chordeleg, Santa Isabel, Tarqui, Sayausí y San Joaquín), acompaña el curso de sus cuatro ríos y se abre paso entre los tejados y las plazas. También acaricia los árboles, agita los pajonales de las alturas, anuncia cambios en el cielo y modifica la luz sobre las cumbres.
Tal vez escuchar el viento sea otra forma de escuchar la infancia, el juego y la imaginación. Es el viento que hace volar las cometas en los meses de vacaciones, que pone en las manos de un niño la posibilidad de tocar el cielo con un hilo, las eleva sobre los tejados y las convierte en pequeñas criaturas de colores suspendidas entre la tierra y el cielo. Quizá por eso el viento pertenece también a nuestra memoria, porque antes de comprenderlo como un fenómeno de la naturaleza lo conocimos jugando con las cometas: corriendo en las praderas, desenrollando el hilo, mirando hacia arriba, aprendiendo que hay fuerzas invisibles capaces de sostener nuestros sueños. De este juego las cometas se convertían en una especie de dibujo del viento en el cielo.
Aprendamos a escuchar el viento con la memoria y con los sentidos para dejar que el paisaje andino se revele ante nosotros. Porque el viento no solo se oye: se siente en la piel, mueve las hojas, dispersa el agua, esculpe la piedra y, en sus giros, canta en el pingullo. Pero también despierta los recuerdos: trae consigo voces lejanas; aromas que pertenecen a la naturaleza; perfumes nacidos de la intención humana de capturar su esencia; lluvias que despiertan la tierra; truenos que retumban entre las cumbres y se pierden entre los valles; y paisajes que creíamos olvidados.
Referencias:
- El País, Cultura, Andrea Aguilar; “Anne Carson gana el Premio Nobel de Literatura 2026”, 08-10-2026.
- Octavio Paz; “Lo mejor de Octavio Paz, el fuego de cada día”, Árbol adentro: VIENTO, AGUA, PIEDRA, selección, prologo y notas del autor, 1989.
- Fernán Caballero; “La Mitología y los Grandes Hombres de la Grecia”, 1954.
- IA y varias páginas de Internet.
- La imagen que acompaña este texto fue obtenida de Google Imágenes y corresponde a una publicación de Pinterest titulada: “12 ideas de cometas”.

