La avenida Loja

La forma urbana de la ciudad de Cuenca presenta estos conjuntos: el núcleo antiguo que se configura sobre la trama ortogonal del asentamiento colonial, las estructuras  emplazadas en tomo al núcleo originario y los cordones de asentamiento constituidos por las vías de entrada y salida de la ciudad. Uno de esos ejes viales de interés urbano arquitectónico es precisamente la avenida Loja.

El primer tramo se prolonga desde la avenida Ricardo Durán hasta el puente sobre el río Yanuncay en la zona conocida como El Salado. En esta terraza baja se produjo la llegada del primer vuelo aéreo a la ciudad pilotado por el teniente italiano Elia Lliut el 4 de noviembre de 1.920, con motivo de la celebración de los cien años de la Independencia de Cuenca, que despertó gran asombro y alegría entre los ciudadanos.

A un costado del puente sobre el río, a principios del siglo 20, los padres redentoristas levantaron una cruz constituyendo un lugar hierofánico, siguiendo de este modo la tradición indígena de emplazar a la salida de los pueblos símbolos religiosos protectores cuya presencia podría neutralizar las fuerzas del mal.

Al iniciar la subida para llegar a la segunda terraza de la ciudad existe un acueducto con un arco rebajado de ladrillo que da la bienvenida a los visitantes que acceden por el Sur y que llevó agua para mover las tres turbinas de la segunda Planta Hidroeléctrica Municipal instalada en 1.916 en las orillas del río Yanuncay, para proveer “entre 350 y 470 caballos de fuerza hidráulica para al menos 80 focos de arco de 500 bujías para el alumbrado público y 2.000 focos incandescentes de 16 bujías para el alumbrado particular”. (*)

La pequeña Cuenca con sus plazas, calles y casas hasta entonces alumbradas con faroles de kerosene, velas de sebo o simples mecheros, pasó pronto de ser un pueblo en tinieblas a convertirse en una urbe moderna con ascuas blancas para iluminar los lugares públicos y las “casas de gente de bien” con refulgentes haces de luz.

El río Yanuncay, el Puente, la Cruz y el Acueducto configuran una puerta urbana y por tanto un lugar significativo de Cuenca. En la historia comarcana han reunido y acompañado, sin casi hacerse notar, de un lado y al otro del rio, a los caminantes vacilantes y apresurados para que se dirijan desde aquí a los paisajes lejanos del campo o los cercanos de la ciudad.   

Cuando se ha culminado la cuesta para alcanzar la cresta de la segunda terraza la mirada se dirige, casi obligadamente en perspectiva, hacia el Centro Histórico. La mirada  distingue con nitidez las tres cúpulas azules renacentistas de la Catedral Nueva que sobresalen en medio de un enjambre de techos ocres de teja. Se dibuja de este modo una perspectiva lineal que se fija con rotundidez en la memoria ciudadana.

La avenida Loja cuenta además con dos tramos de interés urbanístico: el primero entre la avenida 10 de Agosto y la avenida Remigio Crespo Toral y el segundo desde este punto hasta la avenida 12 Abril que bordea el río Tomebamba.

La arquitectura en el primer tramo descrito es de carácter vernáculo propio de las viviendas ubicadas en la periferia de Cuenca. La distribución interior tiene ambientes en torno a un patio central y las casas más antiguas disponen además de patios posteriores y huertas para el cultivo de árboles y plantas medicinales.

Casi al concluir el recorrido de la avenida Loja la antigua plaza de San Roque traza un espacio modelado por la Iglesia, la casa parroquial y el monumento en honor a Antonio José de Sucre. El templo cuenta con un frontispicio de estilo albertiano rematado por una esbelta espadaña que se divisa desde varios ángulos.

Algunas casas con soportales y otras en línea de fábrica ordenan un corredor urbano vernáculo memorable que termina cadenciosamente en el puente de El Vado. Otra puerta urbana que se abre de manera generosa y que permite entrar al Centro Histórico de la ciudad.

(*) La primera planta eléctrica fue financiada  e instalada por Roberto Crespo Toral en 1914 en el barrio “Tres Tiendas” junto al río Tomebamba.

Referencias:

  • María Tómmerbakk (2011); “Estudio Histórico para el Proyecto del Museo de la Energía”.
  • El Telégrafo (19 de agosto de 2017); “103 años desde que la luz llegó a Cuenca”.
  • Martín Heidegger (1951); “Construir, Habitar, Pensar.
  • Wikipedia.

Honrar la memoria de Cuenca

La arquitectura tiene razones suficientes para investigar el mundo construido. Puede conocer su sustancia, las ideas y las verdades éticas y estéticas constitutivas de la ciudad.

También es capaz de dilucidar su configuración y el bosquejo cotidiano del trazado sobre el lienzo de sus espacios y tiempos. Espacios y tiempos que han decantado sentidos profundos en sus  diversos momentos históricos, porque cada generación ha dibujado su perfil y entorno con un juego múltiple de metáforas a ser interpretadas.

El conocimiento de su sustancia, ideas y sentidos será el descubrimiento de la arquitectura de la ciudad. Ciudad frente a nosotros como arquitectura y representación de la condición humana, labrada en sus plazas, calles, barrios, monumentos, edificaciones  sencillas y en todos los hechos urbanos que emergen del espacio habitado. Por este motivo siempre será oportuno  escribir relatos que cuenten las historias secretas, porque bien narradas, revelarán la identidad e intimidad de la ciudad.

La ciudad de Cuenca desde 1.999 es Patrimonio de la Humanidad porque a lo largo de su historia aborigen, colonial y republicana ha ido decantando sentidos y adaptando diversas corrientes arquitectónicas al paisaje único y a la traza renacentista intacta de su fundación. Aquí radica su valor excepcional que alimenta el legado de la cultura arquitectónica universal.

Cuenca no es una ciudad común donde se acumulan fáciles respuestas. Por el contrario, es un vientre urbano en el que nacen preguntas, incógnitas únicas e inquietantes que solo pueden ser respondidas mediante una planificación estratégica y con un diálogo inteligente y honrado entre todas las partes implicadas para construir una ciudad bella, justa, equitativamente distribuida, sustentable y democrática.

De este modo se cuidará y preservará la memoria arquitectónica  de Cuenca para ser consecuentes con la designación de Patrimonio de la Humanidad.

La Avenida Solano (*)

El urbanismo de comienzos del siglo 20 en la ciudad de Cuenca tuvo un fundamento inspirado en la ciudad europea neoclásica y la clave de su éxito fue diseñar un “paseo” con percepción visual. Para lograrlo se valió de la perspectiva, recurso gráfico desarrollado en el Renacimiento, o la ciudad concebida como vista en un panorama. Precisamente el instrumento de la línea recta dirige a la perspectiva y la uniformidad supedita lo particular a la ley del conjunto.

La perspectiva supone la contemplación de la ciudad desde un punto de vista. Implica una visión focal que quiere dirigir la mirada a hitos importantes. Por ejemplo, los complejos europeos de Versalles, Nancy o Aranjuez, responden a este tipo de ordenación perspectivista, en cuyo punto focal se encuentra el palacio de la realeza.

La propuesta urbanística para la ciudad de Cuenca de 1910 recoge este principio europeo y traza un eje simbólico denominado “Paseo Solano”. Se organiza el espacio en sentido sur-norte para dirigir la mirada hacia el centro histórico con el diseño de un “paseo” amplio de 49 metros de sección, – la avenida más generosa de la ciudad – , para enlazar además visualmente el centro de la urbe con las montañas de Turi.

El Plan Regulador del año 1947 planificado por el arquitecto uruguayo Gilberto Gatto Sobral respeta el “Paseo Solano” y además lo articula a las vías radiales trazadas por este arquitecto, para configurar la moderna “ciudad jardín” emplazada en la zona El Ejido. La pavimentación de las primeras cuadras del “paseo” se realizó con adoquines  de piedra andesita en 1955 durante la administración del alcalde Miguel Ángel Estrella.

En la historia de la ciudad se puede afirmar que la Avenida Solano se ha convertido en un testimonio de alto valor urbanístico. Su misión original de crear un “paseo” y de articular visualmente la ciudad antigua con la moderna, se ha enriquecido con hitos enraizados en el imaginario ciudadano: colegio Benigno Malo,  Sindicato de Choferes, monumento en honor a Fray Vicente Solano, iglesia Virgen de Bronce,  Museo de los Metales y varias viviendas de estilo tradicional y modernista.

A pesar de la presencia de algunos edificios levantados en los últimos años que cierran las visuales del paisaje urbano – de mal gusto y con claro propósito especulativo en sustitución de antiguos inmuebles patrimoniales -, y de varios negocios inapropiados ubicados en esta zona, -, la Avenida Solano es el eje urbanístico más significativo de la ciudad de Cuenca.

(*) Fray Vicente Solano, Cuenca, 1.791–1865. Fraile con su sayal de franciscano, traductor  y escritor polémico de fuste ya ecuatoriano en el amanecer de la nacionalidad. Rebelde para el ambiente estrecho de la época. No disimula el gesto despectivo para los obispos que ponen veto a sus escritos. En “El Imperio de los Andes” busca el sistema más apropiado de gobierno para los pueblos a los que la gigantesca cordillera ata con su cordel de montaña; y en sus dos opúsculos, “Primero y segundo viaje a Loja”, demuestra sus aptitudes para la Botánica. Víctor Manuel Albornoz resume su personalidad: “Su cerebro es eje, rueda y motor, hecho en América y para su América, prodigio ecuatoriano y excelencia del nacionalismo”.

La retórica caminante para vivir la ciudad

En la novela “Estambul. Ciudad y recuerdos”, Orhan Pamuk, escritor turco, considerado un vínculo intelectual entre Oriente y Occidente y premio Nobel de Literatura 2006, habla de su vida de flâneur, de solitario caminante, fotógrafo, mirón, contador de barcos y de recuerdos…  

En la obra describe su ciudad: Estambul. “Al contrario que en las ciudades occidentales que han formado parte de grandes imperios hundidos, – escribe Pamuk -, en Estambul los monumentos históricos no son cosas que se protejan como si estuvieran en un museo, que se expongan, ni de las que se presuma con orgullo. Simplemente, se vive entre ellos”. Este es el sentido de su narración poderosa y rotunda de la ciudad, mirada a través de la estrategia más simple que puede hacer un ciudadano común: caminar, deambular y vivir intensamente la ciudad.

El caminar de Pamuk es un hecho decodificador que lo conecta con su experiencia vital. Ningún mensaje urbano permanece impermeable a su lectura. Por este motivo el recorrido de la ciudad comienza en el suelo, con los pasos, que le permite apropiarse de una representación háptica, es decir la implicación táctil y sensitiva de la arquitectura.

La experiencia caminante de la ciudad se traduce de este modo en la elaboración de mapas mentales para interpretar sus huellas y trayectorias. Son imágenes transitivas, caligrafías móviles antes que simples representaciones frías. Y esta caligrafía urbana registra los tres valores fundamentales: la sensibilidad, la deontología y la epistemología. Es decir, las sensaciones, las éticas y las verdades profundas de la ciudad.

Con esta retórica caminante la ciudad es mirada como un collage espacial y temporal compuesto de reliquias urbanas, arquitecturas sencillas, historias entrelazadas y tiempos yuxtapuestos, donde sus relaciones son móviles y forman, por eso,  conjuntos simbólicos de alta significación.

La novelística ha tenido casi siempre una ciudad como telón de fondo y el caminar de sus protagonistas por plazas y calles ha hecho posible alcanzar las mejores descripciones del cuerpo y el alma de las ciudades. Tenemos ejemplos señeros en el París de Zola y de Benjamín, el Londres de Dickens, la Vetusta (Oviedo) de Clarín, el México de Paz y la Lima de Vargas Llosa.

Aromática voz

Goethe en su tratado “La metamorfosis de las plantas” escrito en 1790 invitó a los seres humanos a conversar con las plantas con respeto, recorriendo el vínculo profundo que hay entre la ética y el interés por lo bello; entre la ciencia para conocer sus leyes, como expresión de bondad, y la poesía para experimentar vivamente la naturaleza para poder manifestarla.

Siguiendo el sutil método de estudio sugerido por el filósofo alemán, la “Misión Biológica de Galicia” de España, hace pocos meses publicó una olorosa investigación que reafirma que las plantas se comunican por el aroma. En efecto, sus compuestos orgánicos volátiles son para ellas como las palabras para los humanos. Claro, son palabras sutiles y aromáticas, no precisamente como las palabrotas que pronuncian los políticos de la farándula nacional.

Casi todo el diccionario del mundo vegetal todavía es una incógnita. Pero se sospecha, como ocurre entre los humanos, que existen plantas más locuaces y variedades que se conectan dependiendo de una serie de factores. Los investigadores están desvelando los secretos que las plantas han guardado durante su casi sempiterna existencia. Por ejemplo, los trabajos se han orientado a demostrar que las plantas se comunican mediante la emisión de compuestos orgánicos volátiles en respuesta al ataque de insectos para avisar a sus vecinas para que tomen las precauciones debidas para su defensa para cuando llegue la plaga. Los científicos se han centrado en el tomate, el maíz, la patata y el poroto para descifrar este misterioso lenguaje vegetal  para una posible alternativa a los plaguicidas que tanto daño ocasionan al medio ambiente y a la salud.

Otro hallazgo descubierto son las señales de alerta que emiten los arbustos masculinos cuando son atacados por los insectos  y que pueden ser detectadas por los vegetales vecinos, mientras que los arbustos hembras solo se comunican entre ellas demostrando una marcada solidaridad y ninguneo a la masculinidad.

La aromática voz del mundo vegetal está siendo traducida por varios centros  de investigación y pronto se conocerán otros importantes hallazgos para ser aplicados para el bien de la humanidad.

Leal a La Habana

En 1930 Federico García Lorca llegó a La Habana procedente de Nueva York y quedó deslumbrado por sus colores: “Pero qué es esto?  ¿Otra vez España? ¿Otra vez  Andalucía mundial?” Un apabullante espectáculo de naranjas, grises, rosas, azules, bermellones, castaños, rojos pastel, amarillos, beiges, blancos sucios, verdes, ocres, cada uno de ellos con infinitos matices estampados en fachadas, pórticos, zócalos, cenefas, en la carpintería y en los  vitrales para tamizar el fuego del sol caribeño, donde la luz todo lo condiciona y resalta los colores para dar al paisaje un tono poético único.

En homenaje a los 500 años de la fundación de La Habana de 1519, llave de las Indias y principal punto de conexión entre Europa y el Nuevo Mundo, el “Historiador de la Ciudad” Eusebio Leal y una empresa española presentaron la paleta de los 164 colores más empleados en la arquitectura habanera. El estudio sacó a la luz el empleo del blanco al inicio para evitar el reflejo del ardiente sol cubano y con el tiempo la tendencia a utilizar los colores vivos. Todo el banquete de colores para los sentidos que cautivó a García Lorca cuando llegó del cemento de Nueva York ahora continúan degustando sus habitantes y visitantes.

“Sin la música y sin el Habana Cuba no se entiende La Habana” dice el poeta Sigfredo Ariel. Defiende que su potencia cultural es inmensa y que le viene dada por su mulatez y por la mezcla, como una especie de Aleph tropical, donde convergen todos los espacios y los tiempos. Y Pablo Milanés canta a La Habana como la reina de la cultura con mayúsculas, porque da igual hablar de arquitectura, música, pintura, ballet, literatura, ajedrez o poesía.

Cabrera Infante en sus tatuajes literarios sobre La Habana la describe, escribe y la inventa.  “El olor es la sensación que echa a andar el juego de la memoria”. La Habana es, en cada página de su memoria urbana, la “Gran Papaya Musical” insobornable, un territorio donde el viandante palpita noche y día todas sus insaciables y felices sentidos, sin encontrar más que regocijo, ruido, juego, placer, pasión y vida.

En La Habana Hemingway escribió, pescó, amó, deambuló y bebió. Frecuentaba la “Bodeguita del Medio”, lugar donde se inventó el mojito, de atractivo bohemio mundial y humeante interior, frecuentado en los 50 por Pablo Neruda, Salvador Allende, Nat King Cole y Gabriel García Márquez.

Carpentier en su libro “La ciudad de la columnas”, reinventa su historia, arquitectura y música. La Habana, “la vieja ciudad”,  se convierte en un espacio mítico que comprende no sólo la concreta  presencia de sus formas, sino también el ethos barroco en todas sus representaciones.

La columna es la constante urbana habanera. Un transeúnte puede salir del ámbito de las fortalezas del puerto y caminar hasta las afueras de la ciudad atravesando todo el centro, siguiendo una misma y siempre renovada columnata en la que todos los estilos aparecen representados, conjugados o mestizados. Dóricas, jónicas, corintias, toscanas, compuestas, palladianas, mezcladas con toda la fuerza. Y son las columnas las que determinan el módulo y la medida, un modulor que otorga a la ciudad su singular barroquismo para la protección del sol y la lluvia.

La ciudad de las columnas y los portales dan sombra desde hace medio siglo, donde la  superposición de estilos fueron creando ese estilo sin estilo en un proceso de simbiosis, de amalgama, que se erige en un barroquismo que distingue a La Habana de otras ciudades de América Latina.  Pero existen cuatro Habanas: la colonial, una ecléctica republicana, otra déco y la moderna. Las personas, las casas, las cosas y sus vehículos clásicos no se suceden, sino que se encuentran reconociéndose en cada esquina y en los signos que las perfilan.

Eusebio Leal como “Historiador de la Ciudad” aseguraba que más allá de su patrimonio material La Habana es un estado de ánimo que seduce y atrae. “A veces la ves cubierta por un velo de decadencia, pero cuando tú rompes ese velo aparece entonces el esplendor de su urbanismo y de una arquitectura que te permite, por una sola avenida, ir desde los castillos del siglo 16 hasta la modernidad de Richard Neutra”.

A Leal  se debe en gran medida el rescate y rehabilitación de la antigua ciudad herida de muerte debido a la falta de recursos. Sin él y su ingente obra restauradora, La Habana Vieja y su excepcional fondo arquitectónico y urbano, que desde 1982 forma parte de la lista de patrimonio mundial de la Unesco, probablemente hubiera sucumbido.

A partir de 1981 comienza a dirigir las obras de restauración. En 1993, cuando el derrumbe del campo socialista dejó el país sin recursos, Leal convenció a Fidel Castro para dotar de autonomía y crear su propio sistema para autofinanciar la restauración. Durante casi tres décadas rehabilitó cientos de edificios y espacios públicos que hoy son el corazón de la ciudad.

 “Preservar el patrimonio material e inmaterial de la ciudad es importante, pero no como una tarea de momificar el pasado. El proyecto de La Habana y la misión que tenemos es precisamente darle vida, que la ciudad sea para los que la vivan, por eso la Oficina del Historiador ha creado escuelas, centros de salud y vivienda, es la única manera de que no se convierta en un pueblo viejo o en un centro turístico…. Hay más trabajo que nunca, todavía queda mucho por salvar”, sentenció ya muy enfermo, hace pocos meses.

Falleció este viernes 31 de Julio a los 77 años. Su muerte se vivió con conmoción entre la gente humilde, el mundo de la cultura y en las instancias oficiales, porque Eusebio Leal fue leal a la historia y a la cultura arquitectónica de La Habana.

La fuerza de la vida

Millones de madres iniciaron la aventura de la maternidad en el mundo que conocíamos.  Algunas todavía se preparan para dar a luz y otras ya lo han hecho pero en un planeta totalmente diferente.

En el día de la madre, – reconocido el segundo domingo de mayo en más de 128 países -, la UNICEF recordó que el número estimado de niños que nacerán a la sombra de la pandemia será de alrededor de 116 millones. Los recién nacidos serán recibidos dentro de las 40 semanas  contadas desde el 11 de marzo, fecha declarada de la pandemia,  en condiciones difíciles que incluyen medidas de aislamiento, toque de queda, centros de salud sobrecargados, escasez de suministros, equipos e interrupciones en los servicios sanitarios.

Pero la fuerza de la vida, en estas condiciones extremas que vive el planeta,  hace que el ovillo del genoma humano realice el milagro de una coreografía perfecta para ayudar a formar células,  tejidos y órganos de un cuerpo completo del bebé, para luego de nacido, mantenerlo vivo y sano.

Toda la información que el bebé necesita está escrita en su genoma: una doble hélice que contiene 3.000 millones de letras de ADN. Esa secuencia contiene las instrucciones para fabricar las proteínas que le permiten respirar, ver, sentir, amar, crear y realizar con éxito todas las funciones básicas de su organismo en este kafkiano mundo infectado por la pandemia.

Estirada de extremo a extremo, la secuencia del  ADN del bebé mide dos metros. Casi cada una de las células lleva una copia del genoma y su cuerpecito tiene más o menos 30 billones de células. Esto significa que si pudiese estirarse y unirse el genoma de todas sus células podría alcanzar sin problemas Próxima Centauri, el sistema solar más cercano a la Tierra a 40 billones de kilómetros.

Pero lo más asombroso es que esa hélice de dos metros es capaz de plegarse y retorcerse sobre sí misma en una forma alucinante de ovillo aparentemente caótica hasta embutirse en su espacio que es 10 veces más pequeño que el diámetro de un pelo: el núcleo de la célula.

Es la fuerza de la vida del ovillo del genoma humano frente a la muerte que ronda el planeta. Frente a un futuro incierto nacen bebés sanos que tomarán la posta que transformarán positivamente nuestro actual infectado mundo.

Que Dios y la OMS no lo permitan

La pandemia ha movilizado de un modo sin precedentes a un sector cuyo papel es clave en esta crisis: la investigación científica internacional. La Revista Nature calculaba que solo hasta el 12 de marzo se habían realizado 900 estudios sobre el virus que tres meses antes ni siquiera se conocía.

La ciencia está en una carrera para encontrar una vacuna y los tratamientos que permitan neutralizar los efectos sanitarios de la pandemia. Y es aquí donde los esfuerzos conjuntos se tornan fundamentales. La OMS coordina a toda la comunidad científica para determinar las prioridades en materia de investigación y acelerar los avances.

En esta frenética carrera se estudian las moléculas o mecanismos de infección del SARS-CoV-2 que pueden constituir dianas terapéuticas de interés. Entre ellas se destaca la proteína “S”, que le permite al virus acoplarse y fijarse a la superficie de las células que ataca.

Cuando la vacuna esté lista las preguntas clave serán: ¿Quiénes deben recibirla de manera prioritaria? ¿Cuál debe ser la estrategia de asignación de la vacuna?

Es seguro que la gestión política de los gobiernos ricos ejecuten el proteccionismo de las vacunas para asegurarse sus dosis de los fármacos anti-virus y el acaparamiento será un fenómeno del que se hablará en los próximos años. China ofrece “generosamente” un crédito de 1.000 millones de dólares para que los países  de América Latina y el Caribe “cuenten con la vacuna como un bien público de acceso universal”.

La Casa Blanca financia con mucho capital a las multinacionales farmacéuticas la urgente elaboración del fármaco a cambio de un trato preferente de su entrega. La Unión Europea también está en líneas similares, en una espiral de sálvese quien pueda. Se habrá inaugurado de este modo una suerte de nacionalismo vacunal.

Este nuevo nacionalismo beneficiará  a su propia población aun a costa de la salud de los países pobres. Y este tipo de egoísmo no sirve en una pandemia, que es por definición propia un fenómeno mundial. El supuesto beneficio parcial solo protegerá a una minoría pues el virus probablemente contraataque con la fuerza redoblada del tiempo y la evolución viral.

En el caso del coronavirus la globalización en la venta y distribución de los medicamentos contra el  virus resultan insuficientes, injustos e inhumanos. ¿Sufriremos en el inmediato futuro los efectos del nacionalismo vacunal? Que Dios y la OMS no lo permitan.

La globalización y lo cosmopolita

La globalización nos hizo creer que éramos ciudadanos del mundo pero la pandemia ha cerrado las fronteras entre continentes, naciones, provincias, cantones e inclusive entre parroquias. De ser ciudadanos de la aldea global ahora nos hemos  convertido en ciudadanos enclaustrados en nosotros mismos y en nuestro pequeño mundo.

La globalización puso en marcha la aspiración de una lengua universal, – las matemáticas y el inglés científico-, para que una sola cultura hegemónica no dependiera de los rasgos constitutivos de las culturas particulares, sino que fuera algo común a todas ellas, sobre todo para imponer sus significados más allá de sus fronteras, hasta extender sus dominios, si fuera posible, a toda la humanidad.

 La globalización bajo la máscara del progreso, la democracia y la libertad, propagó una única moneda, una sola lengua y un único modo de vida basado en el consumismo y el viaje placentero.

Sin embargo, el mundo cosmopolita es diferente al de la globalización. Nació como vacuna contra el nacionalismo y el universalismo y con una clara vocación errante: “la patria en las sandalias”. Se dice que el cínico griego Diógenes inventó el término cuando le preguntaron de dónde procedía: “soy ciudadano del cosmos” respondió. Para él, como para los antiguos, el mundo era complejo y tenía diversos planos de existencia que podían visitarse en sueños y a través de la meditación.

El cosmopolitismo considera a todos los hombres de la tierra conciudadanos y connacionales. El moralismo y las costumbres provincianas arruinan el goce del cosmopolita cuyo sentido es más bien la apertura inteligente al mundo, la asimilación con pertinencia de las culturas de los otros y la fidelidad a las vidas de las historias antiguas y modernas.

Se puede ser cosmopolita en estos tiempos de confinamiento  o provinciano siendo defensor de la globalización. El primero se recrea con la diversidad, intuye la naturaleza errante de la condición humana, se realiza en la investigación, la crítica y en el genio de las culturas extrajeras; mientras que el segundo, a pesar de haber viajado constantemente y hoy disponer de datos de Internet, lo que cree saber y conocer es puro esnobismo.

Hume, Leibniz y Spinoza fueron grandes  cosmopolitas  de la Ilustración que apenas salieron unos pocos kilómetros de su terruño.  Es más, Kant nunca abandonó su pequeño pueblo natal de Koenigsberg   llevando una vida sencilla, espartana y silenciosa, pero alcanzó un conocimiento profundo y extenso de la naturaleza humana, las experiencias del mundo, el arte y la geografía. Entre los filósofos modernos fue el más talentoso pensador por su fuerza de penetración y profundidad con las que influyó en toda Europa y en la filosofía universal.

Saquemos una lección de lo expuesto: seamos cosmopolitas con los filósofos y no globalizados como ciertos modernos esnobs.

«Damnatio memoriae» y arte público de las estatuas

“Damnatio memoriae” es una locución latina que significa “condena de la memoria”. Fue una práctica romana que consistía en condenar el recuerdo de un enemigo del Estado tras su muerte. Calígula, Nerón y Cómodo son los emperadores condenados más conocidos.

El Senado lo decretaba de manera oficial y se procedía con diligencia a eliminar o echar al olvido todo cuanto haya hecho o que podría recordar al condenado: arcos, columnas, puentes, acueductos, coliseos, teatros, termas, conquistas, leyes, e incluso se prohibía nombrarlo de manera pública. Y cuando el sucesor deseaba imponer una visión negativa del fallecido, ordenaba al Senado para que se cumpla el estricto decreto de la “Damnatio memoriae”, para que el legado del perjudicado fuese borrado de monumentos, pinturas, monedas,  etc., acto denominado “abolitio nominis” que significa borrar su nombre de las inscripciones.

Y para no dejar rastro del condenado, sus estatuas se destruían y sus leyes eran anuladas. Igual suerte corrían las obras edificadas que si se escapaban de su destrucción o estigmatización se consideraban erigidas por su sucesor.

Pero la maldita “Damnatio memoriae” no cumplía sus fines a cabalidad cuando el legado de un emperador  había sido importante y por ello no podía ser borrado de la memoria del pueblo. La “Damnatio” era todo lo contrario de la “Apoteosis” cuyo significado consistía en que el emperador fallecido obtenía la divinización ascendiendo al olimpo de los dioses.

Desde la antigüedad las estatuas han sido representativas de los héroes nacionales y de los valores de los pueblos: las estatuas de los Guerreros de Terracota del emperador Qin Shi Huang, Constantino, Napoleón, Wellington y Bolívar son claros exponentes  de lo mencionado.

La rebelión contra las estatuas glorificadas y perpetuadas por los imperios que representan sus símbolos fundacionales, que hoy se caen ante el peso de las protestas antirracistas por la muerte de George Floyd, exige que los espacios públicos se liberen de las figuras cuyo legado se construyó sobre el racismo, la esclavitud  y el colonialismo.  ¿Se repite después de 2.000 años la “Damnatio memoriae”?   ¿La rebelión contra las estatuas justifica la “condena de la memoria” y los actos de vandalismo?  ¿Deben esas estatuas permanecer erigidas a pesar de que sus figuras representen un turbio legado?

En este contexto cabria anotar que los hechos históricos del pasado no se pueden juzgar desde la mirada contemporánea porque en aquellas épocas existían otras razones y valores. Pero sí se puede considerar legítimo que la sociedad  demande acciones reparatorias cuando se hayan cometido abusos a la humanidad.

Y para concluir, una reflexión sobre la estética y significado de los monumentos estatuarios. En el arte público de las estatuas de calidad, la forma corpórea surge de un contenido ideológico,  – que no ideologizado -, se carga de él y luego vuelve hacia el contenido para aprehenderse en su totalidad. Existe por tanto una unidad esencial entre la forma sensible que se expresa por el contenido ideológico de la estatua que le otorga sentido.

En nuestras ciudades se han erigido estatuas  que podrían clasificarse de esta manera:

  1. Con buena forma y legado histórico, para valorar.
  2. Con forma sin calidad y turbio legado, para retirar.
  3. Con buena forma y turbio legado, para cuestionar, o trasladar a un museo.
  4. Con forma sin calidad y legado histórico, para mejorar.
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