En la pandemia regresa el Pájaro Hornero

En los primeros meses de la pandemia la fauna recolonizó la ciudad ante el confinamiento por el coronavirus. En muchos lugares del mundo los animales ganaron espacio urbano gracias a un ambiente más relajado para explorar nuevos ecosistemas que un día habitaron. Como en una película de ciencia ficción, la fauna salvaje salía de sus refugios para visitar las ciudades para sentirse dueña de enclaves dominados hasta ahora solo por los humanos.

Pavos salvajes se enseñorearon en Oakland y en Madrid; cisnes, en los canales, en unas aguas limpias, daban un soplo de esperanza en Venecia; jabalíes se pasearon en las ramblas de Barcelona; cóndores, danzando con su majestuoso vuelo por las avenidas, fueron admirados en Quito; leopardos y zorros se adentraron en ciudades de la India y Londres; vertebrados, ante el paisaje urbano sosegado, ampliaron su territorio en busca de comida; bandadas de gorriones, en los jardines de Cuenca, aprovechaban los últimos rayos del sol de la tarde, como queriendo coger las calorías suficientes para aguantar la noche….. De alguna manera, casi todos, parecían fantasmas urbanos que en la pandemia se dejaban ver.

Joaquín Araujo, naturalista español, constató que asistimos a una recolonización de los espacios urbanos por las especies silvestres. Fue una paradoja. Los animales, que estaban confinados por infraestructuras que cuartean sus espacios naturales y les imponemos restricciones en el movimiento, salieron de su aislamiento. El mundo al revés: al resultar confinados en sus casas los seres humanos se produjo una liberación de la fauna salvaje; al ser nosotros los atemorizados, liberamos a quienes nos tenían miedo.

Los expertos han señalado que tras un cambio ecológico brusco la naturaleza tiende a recuperar el terreno perdido a través de la llamada sucesión ecológica, una teoría que desarrolló, entre otros, Ramón Margalef. Por ejemplo, tras la desaparición de los humanos por la guerra en la ciudad chipriota de Varosh en 1.974, lo que más llamó la atención no fue las tazas de café turco lamidas por los ratones, sino la irrupción de árboles, plantas y animales, y sobre todo, la fuerza de las flores para hacer pedazos el asfalto. Alan Weisman, en “El mundo sin nosotros”, relata que “las casas desaparecen bajo montones de buganvillas de color magenta, mientras que los lagartos y las serpientes látigo se movían entre chumberas y hierbas de dos metros”.

En medio de la pandemia regresa también el Pájaro Hornero para recolonizar las aulas universitarias, pero en esta ocasión a la Universidad del Azuay. Ya lo hizo la primera vez en el año 2.004, en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Cuenca, con la publicación de un opúsculo titulado “LA CASA DEL HORNERO: Belleza, verdad y lección alada de arquitectura”.

El opúsculo relata cómo un menudo pájaro rojizo llamado Hornero que habita en las estribaciones de Mindo, pertenecientes al macizo de la cordillera Occidental de la provincia de Pichincha, en un macondiano paraje denominado La Abundancia, situado a 380 metros sobre el nivel del mar, fabrica un nido de una fina y extraña hermosura, cuyo hábito reproductivo le permite construir su casa en forma de bóveda u horno de pan que nos alumbra, deslumbra y significa. Emulando  al filósofo de la fenomenología, descubrimos las espacialidades que yacen ocultas detrás de esa delicada apariencia y además comprendimos sus lecciones con la vanidosa pretensión de emularlas en la mundana arquitectura que realizamos los humanos.

Solo él posee una magia capaz de trazar tan maravillosa y esotérica geometría, del mismo modo que en la Historia de la Arquitectura solo el alarife medieval tuvo el secreto para construir las catedrales góticas. No existe ninguna duda, el nido es construido siguiendo estrictas normas armónicas de la naturaleza: en los sentidos horizontal y vertical  están presentes el secreto matemático y las bellas relaciones geométricas áureas utilizadas con rigor por esta increíble ave.

Los materiales recogidos con el pico del sitio vecino poseen las cualidades para alcanzar funcionalidad, resistencia, calidez interior y para formar una síntesis preciosa en el lugar más  seguro del árbol, poseedora de la mayor excelsitud y primorosa materialidad.

El nido es una construcción sabiamente acoplada, un escondite aéreo de forma sencilla en donde el pájaro ha establecido un dinámico equilibrio entre la tierra y el cielo. En esta perspectiva tres serán los componentes  del buen habitar en general, se trate del pájaro o del ser humano: la tierra, como naturaleza respetada; el cielo, como mundo para viajar con el sol y las estaciones con el pulso de sus tornadizos tiempos y el espacio, como cobijo placentero del morador.

¿Qué pasa hoy con el construir de los humanos? ¿Hay penuria del habitar en nuestra realidad equinoccial andina globalizada? ¿Podemos los arquitectos y estudiantes de arquitectura, implumes y desnudos, encontrar lecciones de belleza, verdad, sencillez y pertinencia en el nido de nuestro pequeño hermano, el Pájaro Hornero? Si lo conseguimos, habremos aprendido sus lecciones y la arquitectura que construyamos será un nuevo nido en este mundo.

Gracias Sr. Rector, Sra. Decana de la Facultad de Diseño, Arquitectura y Arte y al equipo que colaboró en la diagramación por hacer posible que el Pájaro Hornero recolonice las aulas universitarias. Que sus lecciones aladas de arquitectura sean emuladas por todos con pasión, lógica e imaginación creadora.

Cuenca, octubre de 2020.

Calle de La Condamine

La Orden de Su Majestad Cristianísima Luis XV de Francia y el auspicio y protección de su Majestad Católica el Rey Felipe V de España, constantes en las Cédulas Reales presentadas en la Presidencia de Quito, disponían desarrollar las operaciones de la Misión Geodésica que diera los valores exactos de los arcos de los meridianos ecuatorial y polar.

Para cumplir la Orden Real llegó a tierras equinocciales en 1.736 la Misión Geodésica conformada por los miembros de la Real Academia de las Ciencias de Paris: Carlos María de La Condamine, geógrafo, Caballero de la Orden de San Lázaro; Pierre Bouguer, ingeniero hidrógrafo; Luis Godin, astrónomo; José Jossieu, naturalista;  y Jean Seniergues, médico. El cirujano falleció en la ciudad de Cuenca el 2 de septiembre de 1.739 por enredarse en una empresa amorosa que terminó en un pleito poco esclarecido suscitado en una corrida de toros en la Plaza de San Sebastián.  Acompañaron a la Misión algunos agregados franceses  y los oficiales de la marina española Antonio de Ulloa y Jorge Juan para supervisar los trabajos con el apoyo del riobambeño Pedro Vicente Maldonado.

La misión quería dar por terminada la disputa científica entre las teorías de Isaac Newton que sostenía que la Tierra es un planeta achatado en los polos y la teoría francesa de Cassini que afirmaba que es alargada hacia los polos.

Se organizaron dos expediciones por parte de los franceses. La una en las regiones polares, en Laponia; la otra, en las regiones ecuatoriales de la antigua colonia española del Perú, encargadas cada cual de medir un arco de meridiano en las regiones extremas de la Tierra. Fueron cuatro años de mediciones, cálculos, miles de páginas de notas y de cifras. El  resultado al que llegó La Condamine fue que la longitud del meridiano a la altura de Caraburu es de 176.950 toesas. “Años de trabajo y de adversidades quedan, así, reducidos a la aridez de una cifra”.

El resultado más sobresaliente de la Misión  tuvo consecuencias importantes. Sobre la base de los cálculos se determinó como medida universal el Metro. La unidad de medida, base del sistema decimal, se determinó dividiendo en diez millones de partes iguales la longitud calculada para el cuadrante de meridiano que pasa por París.

La Misión, además  de sus tareas astronómicas, estudió la fauna y la flora americana y elaboró cartas geográficas. La Condamine que fue el más brillante de los miembros de la expedición dio nombre a nuestra República porque en sus conferencias en la Real Academia de Paris siempre pronunciaba esta frase: “Je vous ecrit depuis l´ Equateur”. La palabra Ecuador, para los académicos tuvo un gran significado y llegó a constituirse en el lema de la Misión.

La nomenclatura urbana de Cuenca revivió la memoria de este apasionante viaje científico, excepcionalmente rico y digno de las más imaginativas novelas de aventuras realizado a Ecuador para medir un grado de meridiano terrestre, calificado por Florence Trystram como “diálogo con las estrellas”. El Concejo Municipal, en febrero de 1.938, resuelve dar el nombre de La Condamine a la antigua calle de la Cruz del Vado en el desarrollo de El Barranco comprendido  entre el Puente del Vado y la intersección de las calles Tarqui y Larga, una de las puertas urbanas de acceso al Centro Histórico.

Desde el Puente hasta la calle Bajada del Vado se configura el primer tramo con edificaciones que dan al Norte; y el segundo, hasta culminar la cuesta, con casas de doble rostro, uno a la calle y otro al río Tomebamba, que se adaptan de modo orgánico a la topografía para engendrar varios niveles y volúmenes.

En tanto que el flanco norte del segundo tramo se entiba con un robusto muro para afianzar la callecita  peatonal. Muro de piedra esculpido por la mano, el viento y el tiempo. Muro todavía tibio del contacto de manos desaparecidas. El viento contra el muro en sus giros canta. El tiempo pasa y el muro no se mueve, en su lugar exacto gris permanece. Muro, mano, viento, tiempo.

Ese rincón urbano tan cuencano, donde el tránsito humano cotidiano ofrece una versión especial de la ciudad y de su caminar por el tiempo, que se presta para pensar y advertir imágenes de antaño que devuelven la vida de lo ya recorrido.

Ese generoso balcón para mirar el sur de la ciudad que comienza en la Plazoleta del Vado y termina en la calle Tarqui con casas tradicionales con usos culturales, la “casa de la lira”, la “casa de mármol” en donde nació el poeta y educador Federico Proaño, y la “casa esquinera” en la que pernoctaron los miembros de la Misión Francesa, también se denomina La Condamine.

Referencias:

  • Revista del Centro de Estudios Históricos y Geográficos de Cuenca, Entrega 12 (1925);  “La Muerte de Don Juan Seniergues”.
  • Nicolás Espinosa Cordero (1.936); “Un homenaje al sabio francés Carlos María de la Condamine”.
  • A.I. Chiriboga N. (1.936); “Las Misiones Científicas Francesas en el Ecuador; La primera Misión (1.735-1.744)”.
  • Florence Trystram (2.002); “diálogo con las estrellas”.
  • El Telégrafo (25 de octubre 2.015); Cátedra Abierta de Historia, Universidad de Cuenca; “La muerte del cirujano Jean Seniergues, miembro de la Misión Geodésica”.
  • Gustavo Lloré (2.017); “Memoria Técnica para la Intervención Arquitectónica de la Casa Condamine”.

La Iglesia y la Fiesta de la Patrona de Baños

Emplazada en la cima del monte, en el lugar de la aparición de la Virgen de Guadalupe, parece ser una réplica popular modificada de la Catedral Nueva de Cuenca. La Iglesia data de 1.953,  su gestor fue el padre Alfonso Carrión Heredia y la fábrica estuvo a cargo del maestro Quito.

Su presencia monumental, para el pequeño tamaño del pueblo, puede observarse desde muchos ángulos, inclusive desde algunos puntos de los alrededores de Cuenca.

La fachada que se muestra al pueblo tiene dos torres de sección circular articuladas por un cuerpo central constituido por el vestíbulo  de acceso y un tímpano rematado por la escultura de la Patrona.

El cuerpo de la Iglesia, es decir el volumen perpendicular al frontispicio y que da frente a la plaza del pueblo, tiene una factura barroca bien elaborada. La techumbre de cinco cúpulas asentadas en tambores y rematadas con linternas para captar la luz cenital, le otorga a la Iglesia un juego de volúmenes de alta calidad compositiva.

La síntesis arquitectónica, es decir la composición de la fachada y el cuerpo lateral, se asemeja de cierta manera a la Catedral Nueva, sobre todo por la silueta que ha sido trabajada con cúpulas seguidas.

La distribución interior tiene vestíbulo, baptisterio, sala de oración, sacristía, presbiterio y altar mayor. Las grandes pilastras imitando mármol y las cúpulas trabajadas internamente en forma octogonal dibujan una perspectiva profunda. Las pechinas que soportan las cúpulas están ornamentadas con los Misterios Gozosos, Dolorosos y Gloriosos y además aparecen los evangelistas Juan, Marcos, Mateo y Lucas.

A los extremos con menor altura, las naves laterales están cubiertas con arcos de medio punto que cabalgan en dirección hacia el altar. De igual manera que la Catedral Nueva el espacio tiene similar lenguaje pero en una escala menor. El retablo de mármol tiene tres cuerpos de factura barroca y en la nave lateral izquierda es significativo el altar construido con piedra volcánica del lugar de tono rojizo.

En la víspera de la Fiesta de la Patrona miles de romeriantes venían de todo el País e inclusive del extranjero para participar en las procesiones, – previo el lavado de los pies en las milagrosas aguas termales de Baños en memoria de la lección de humildad que dio Jesucristo a los apóstoles -, y culminar en la Iglesia con ofrendas de flores y velas, transfigurando de este modo el templo en un inmenso candelabro que centellaba con temblor ligero hasta el amanecer.

Al día siguiente, el 8 de septiembre el día de la Fiesta, muy por la mañana, sobre la plaza del pueblo se cernía una diabólica tormenta de vitalidad. Entre el olor a pólvora, algodón de azúcar, empanadas de viento, fritada y emanaciones de toneles, el recinto ardía como un horno encendido la víspera. Danzantes, disfrazados, diablos, compadres, gritos de niños, cánticos de mayores y el estrépito metálico de la banda del pueblo, sumergían a los miles de somnolientos devotos y a unos pocos curiosos en un mundo encendido por los cuatro costados.

Por la tarde, en un mar de formas y percepciones, los jinetes, ya borrachos, atravesaban la plaza con sus caballos encintados. En la noche un rosario de globos de colores chillones con formas de estrellas y animales domésticos cabeceaban en el aire. Las rachas de viento nocturno arrastraban sin piedad a las huecas formas para derribarlas como criaturas golpeadas en el abdomen. Algunos globos se precipitaban como guiñapos en la lejanía, otros se perdían en los bosques cercanos y unos cuantos  aterrizaban en los techos de teja de las casitas de campo ante el sobresalto de los mayores y la algarabía de los niños. Un globo especial de forma elíptica pintado con la custodia con rayos de oro evocando la eucaristía, siempre alcanzaba la mayor altura para perderse como una estrellita en el cielo.

Y ya entrada la media noche un hombre montado en la vaca loca corría sin rumbo entre la muchedumbre para sembrar el terror de los pecadores o el regocijo de los arrepentidos. Mientras que el cohetero lanzaba lumínicos ratones para desafiar a los más valientes; y otro joven, oriundo de la parroquia, prendía con cuidado los diferentes pisos del castillo armado con carrizo con luces hechas en base de clorato, nitrato, azufre, salitre y goma pez. La decoración final incluía el copón de la eucaristía, otros símbolos religiosos y la paloma mensajera  disparada  para alcanzar la luna llena y dar por finalizada con broche de oro la fiesta.

Todos estos episodios y peligros se tornaban curiosamente blandos dentro de la holgada y calurosa cavidad de la plaza del pueblo y la monumental vigía de la Iglesia popular barroca. El ciclo religioso iniciaba el siguiente año y se repetía ordenadamente. ¿Hasta cuándo?

En las últimas décadas el patrimonio cultural intangible de la Fiesta popular de Baños se ha banalizado para convertirse en un espectáculo pagano posmoderno de mal gusto. Con luces led, ruido estridente de disc jockey, comida chatarra, drones a cambio de globos y el embeleso del público masculino por la presentación de las artistas expresamente traídas para la ocasión: las “Chicas del Can”.

¿Merecería la pena recuperar y recrear la autenticidad de las antiguas fiestas populares para desterrar el mal gusto de las “celebraciones patronales” que han prevalecido en los últimos años?

Referencias:

  • César Dávila Andrade (1966); “Cabeza de Gallo”. Del Cuento de El Fakir se ha tomado el sentido y algunas frases para relatar la antigua fiesta de Baños.
  • Testimonio de Pablo Durán Andrade, gran conocedor de la vida del pueblo de Baños y Gerente Propietario de “Piedra de Agua”, Fuente Termal & Spa, único spa termal subterráneo de América.

La avenida Loja

La forma urbana de la ciudad de Cuenca presenta estos conjuntos: el núcleo antiguo que se configura sobre la trama ortogonal del asentamiento colonial, las estructuras  emplazadas en tomo al núcleo originario y los cordones de asentamiento constituidos por las vías de entrada y salida de la ciudad. Uno de esos ejes viales de interés urbano arquitectónico es precisamente la avenida Loja.

El primer tramo se prolonga desde la avenida Ricardo Durán hasta el puente sobre el río Yanuncay en la zona conocida como El Salado. En esta terraza baja se produjo la llegada del primer vuelo aéreo a la ciudad pilotado por el teniente italiano Elia Lliut el 4 de noviembre de 1.920, con motivo de la celebración de los cien años de la Independencia de Cuenca, que despertó gran asombro y alegría entre los ciudadanos.

A un costado del puente sobre el río, a principios del siglo 20, los padres redentoristas levantaron una cruz constituyendo un lugar hierofánico, siguiendo de este modo la tradición indígena de emplazar a la salida de los pueblos símbolos religiosos protectores cuya presencia podría neutralizar las fuerzas del mal.

Al iniciar la subida para llegar a la segunda terraza de la ciudad existe un acueducto con un arco rebajado de ladrillo que da la bienvenida a los visitantes que acceden por el Sur y que llevó agua para mover las tres turbinas de la segunda Planta Hidroeléctrica Municipal instalada en 1.916 en las orillas del río Yanuncay, para proveer “entre 350 y 470 caballos de fuerza hidráulica para al menos 80 focos de arco de 500 bujías para el alumbrado público y 2.000 focos incandescentes de 16 bujías para el alumbrado particular”. (*)

La pequeña Cuenca con sus plazas, calles y casas hasta entonces alumbradas con faroles de kerosene, velas de sebo o simples mecheros, pasó pronto de ser un pueblo en tinieblas a convertirse en una urbe moderna con ascuas blancas para iluminar los lugares públicos y las “casas de gente de bien” con refulgentes haces de luz.

El río Yanuncay, el Puente, la Cruz y el Acueducto configuran una puerta urbana y por tanto un lugar significativo de Cuenca. En la historia comarcana han reunido y acompañado, sin casi hacerse notar, de un lado y al otro del rio, a los caminantes vacilantes y apresurados para que se dirijan desde aquí a los paisajes lejanos del campo o los cercanos de la ciudad.   

Cuando se ha culminado la cuesta para alcanzar la cresta de la segunda terraza la mirada se dirige, casi obligadamente en perspectiva, hacia el Centro Histórico. La mirada  distingue con nitidez las tres cúpulas azules renacentistas de la Catedral Nueva que sobresalen en medio de un enjambre de techos ocres de teja. Se dibuja de este modo una perspectiva lineal que se fija con rotundidez en la memoria ciudadana.

La avenida Loja cuenta además con dos tramos de interés urbanístico: el primero entre la avenida 10 de Agosto y la avenida Remigio Crespo Toral y el segundo desde este punto hasta la avenida 12 Abril que bordea el río Tomebamba.

La arquitectura en el primer tramo descrito es de carácter vernáculo propio de las viviendas ubicadas en la periferia de Cuenca. La distribución interior tiene ambientes en torno a un patio central y las casas más antiguas disponen además de patios posteriores y huertas para el cultivo de árboles y plantas medicinales.

Casi al concluir el recorrido de la avenida Loja la antigua plaza de San Roque traza un espacio modelado por la Iglesia, la casa parroquial y el monumento en honor a Antonio José de Sucre. El templo cuenta con un frontispicio de estilo albertiano rematado por una esbelta espadaña que se divisa desde varios ángulos.

Algunas casas con soportales y otras en línea de fábrica ordenan un corredor urbano vernáculo memorable que termina cadenciosamente en el puente de El Vado. Otra puerta urbana que se abre de manera generosa y que permite entrar al Centro Histórico de la ciudad.

(*) La primera planta eléctrica fue financiada  e instalada por Roberto Crespo Toral en 1914 en el barrio “Tres Tiendas” junto al río Tomebamba.

Referencias:

  • María Tómmerbakk (2011); “Estudio Histórico para el Proyecto del Museo de la Energía”.
  • El Telégrafo (19 de agosto de 2017); “103 años desde que la luz llegó a Cuenca”.
  • Martín Heidegger (1951); “Construir, Habitar, Pensar.
  • Wikipedia.

Honrar la memoria de Cuenca

La arquitectura tiene razones suficientes para investigar el mundo construido. Puede conocer su sustancia, las ideas y las verdades éticas y estéticas constitutivas de la ciudad.

También es capaz de dilucidar su configuración y el bosquejo cotidiano del trazado sobre el lienzo de sus espacios y tiempos. Espacios y tiempos que han decantado sentidos profundos en sus  diversos momentos históricos, porque cada generación ha dibujado su perfil y entorno con un juego múltiple de metáforas a ser interpretadas.

El conocimiento de su sustancia, ideas y sentidos será el descubrimiento de la arquitectura de la ciudad. Ciudad frente a nosotros como arquitectura y representación de la condición humana, labrada en sus plazas, calles, barrios, monumentos, edificaciones  sencillas y en todos los hechos urbanos que emergen del espacio habitado. Por este motivo siempre será oportuno  escribir relatos que cuenten las historias secretas, porque bien narradas, revelarán la identidad e intimidad de la ciudad.

La ciudad de Cuenca desde 1.999 es Patrimonio de la Humanidad porque a lo largo de su historia aborigen, colonial y republicana ha ido decantando sentidos y adaptando diversas corrientes arquitectónicas al paisaje único y a la traza renacentista intacta de su fundación. Aquí radica su valor excepcional que alimenta el legado de la cultura arquitectónica universal.

Cuenca no es una ciudad común donde se acumulan fáciles respuestas. Por el contrario, es un vientre urbano en el que nacen preguntas, incógnitas únicas e inquietantes que solo pueden ser respondidas mediante una planificación estratégica y con un diálogo inteligente y honrado entre todas las partes implicadas para construir una ciudad bella, justa, equitativamente distribuida, sustentable y democrática.

De este modo se cuidará y preservará la memoria arquitectónica  de Cuenca para ser consecuentes con la designación de Patrimonio de la Humanidad.

La Avenida Solano (*)

El urbanismo de comienzos del siglo 20 en la ciudad de Cuenca tuvo un fundamento inspirado en la ciudad europea neoclásica y la clave de su éxito fue diseñar un “paseo” con percepción visual. Para lograrlo se valió de la perspectiva, recurso gráfico desarrollado en el Renacimiento, o la ciudad concebida como vista en un panorama. Precisamente el instrumento de la línea recta dirige a la perspectiva y la uniformidad supedita lo particular a la ley del conjunto.

La perspectiva supone la contemplación de la ciudad desde un punto de vista. Implica una visión focal que quiere dirigir la mirada a hitos importantes. Por ejemplo, los complejos europeos de Versalles, Nancy o Aranjuez, responden a este tipo de ordenación perspectivista, en cuyo punto focal se encuentra el palacio de la realeza.

La propuesta urbanística para la ciudad de Cuenca de 1910 recoge este principio europeo y traza un eje simbólico denominado “Paseo Solano”. Se organiza el espacio en sentido sur-norte para dirigir la mirada hacia el centro histórico con el diseño de un “paseo” amplio de 49 metros de sección, – la avenida más generosa de la ciudad – , para enlazar además visualmente el centro de la urbe con las montañas de Turi.

El Plan Regulador del año 1947 planificado por el arquitecto uruguayo Gilberto Gatto Sobral respeta el “Paseo Solano” y además lo articula a las vías radiales trazadas por este arquitecto, para configurar la moderna “ciudad jardín” emplazada en la zona El Ejido. La pavimentación de las primeras cuadras del “paseo” se realizó con adoquines  de piedra andesita en 1955 durante la administración del alcalde Miguel Ángel Estrella.

En la historia de la ciudad se puede afirmar que la Avenida Solano se ha convertido en un testimonio de alto valor urbanístico. Su misión original de crear un “paseo” y de articular visualmente la ciudad antigua con la moderna, se ha enriquecido con hitos enraizados en el imaginario ciudadano: colegio Benigno Malo,  Sindicato de Choferes, monumento en honor a Fray Vicente Solano, iglesia Virgen de Bronce,  Museo de los Metales y varias viviendas de estilo tradicional y modernista.

A pesar de la presencia de algunos edificios levantados en los últimos años que cierran las visuales del paisaje urbano – de mal gusto y con claro propósito especulativo en sustitución de antiguos inmuebles patrimoniales -, y de varios negocios inapropiados ubicados en esta zona, -, la Avenida Solano es el eje urbanístico más significativo de la ciudad de Cuenca.

(*) Fray Vicente Solano, Cuenca, 1.791–1865. Fraile con su sayal de franciscano, traductor  y escritor polémico de fuste ya ecuatoriano en el amanecer de la nacionalidad. Rebelde para el ambiente estrecho de la época. No disimula el gesto despectivo para los obispos que ponen veto a sus escritos. En “El Imperio de los Andes” busca el sistema más apropiado de gobierno para los pueblos a los que la gigantesca cordillera ata con su cordel de montaña; y en sus dos opúsculos, “Primero y segundo viaje a Loja”, demuestra sus aptitudes para la Botánica. Víctor Manuel Albornoz resume su personalidad: “Su cerebro es eje, rueda y motor, hecho en América y para su América, prodigio ecuatoriano y excelencia del nacionalismo”.

La retórica caminante para vivir la ciudad

En la novela “Estambul. Ciudad y recuerdos”, Orhan Pamuk, escritor turco, considerado un vínculo intelectual entre Oriente y Occidente y premio Nobel de Literatura 2006, habla de su vida de flâneur, de solitario caminante, fotógrafo, mirón, contador de barcos y de recuerdos…  

En la obra describe su ciudad: Estambul. “Al contrario que en las ciudades occidentales que han formado parte de grandes imperios hundidos, – escribe Pamuk -, en Estambul los monumentos históricos no son cosas que se protejan como si estuvieran en un museo, que se expongan, ni de las que se presuma con orgullo. Simplemente, se vive entre ellos”. Este es el sentido de su narración poderosa y rotunda de la ciudad, mirada a través de la estrategia más simple que puede hacer un ciudadano común: caminar, deambular y vivir intensamente la ciudad.

El caminar de Pamuk es un hecho decodificador que lo conecta con su experiencia vital. Ningún mensaje urbano permanece impermeable a su lectura. Por este motivo el recorrido de la ciudad comienza en el suelo, con los pasos, que le permite apropiarse de una representación háptica, es decir la implicación táctil y sensitiva de la arquitectura.

La experiencia caminante de la ciudad se traduce de este modo en la elaboración de mapas mentales para interpretar sus huellas y trayectorias. Son imágenes transitivas, caligrafías móviles antes que simples representaciones frías. Y esta caligrafía urbana registra los tres valores fundamentales: la sensibilidad, la deontología y la epistemología. Es decir, las sensaciones, las éticas y las verdades profundas de la ciudad.

Con esta retórica caminante la ciudad es mirada como un collage espacial y temporal compuesto de reliquias urbanas, arquitecturas sencillas, historias entrelazadas y tiempos yuxtapuestos, donde sus relaciones son móviles y forman, por eso,  conjuntos simbólicos de alta significación.

La novelística ha tenido casi siempre una ciudad como telón de fondo y el caminar de sus protagonistas por plazas y calles ha hecho posible alcanzar las mejores descripciones del cuerpo y el alma de las ciudades. Tenemos ejemplos señeros en el París de Zola y de Benjamín, el Londres de Dickens, la Vetusta (Oviedo) de Clarín, el México de Paz y la Lima de Vargas Llosa.

Aromática voz

Goethe en su tratado “La metamorfosis de las plantas” escrito en 1790 invitó a los seres humanos a conversar con las plantas con respeto, recorriendo el vínculo profundo que hay entre la ética y el interés por lo bello; entre la ciencia para conocer sus leyes, como expresión de bondad, y la poesía para experimentar vivamente la naturaleza para poder manifestarla.

Siguiendo el sutil método de estudio sugerido por el filósofo alemán, la “Misión Biológica de Galicia” de España, hace pocos meses publicó una olorosa investigación que reafirma que las plantas se comunican por el aroma. En efecto, sus compuestos orgánicos volátiles son para ellas como las palabras para los humanos. Claro, son palabras sutiles y aromáticas, no precisamente como las palabrotas que pronuncian los políticos de la farándula nacional.

Casi todo el diccionario del mundo vegetal todavía es una incógnita. Pero se sospecha, como ocurre entre los humanos, que existen plantas más locuaces y variedades que se conectan dependiendo de una serie de factores. Los investigadores están desvelando los secretos que las plantas han guardado durante su casi sempiterna existencia. Por ejemplo, los trabajos se han orientado a demostrar que las plantas se comunican mediante la emisión de compuestos orgánicos volátiles en respuesta al ataque de insectos para avisar a sus vecinas para que tomen las precauciones debidas para su defensa para cuando llegue la plaga. Los científicos se han centrado en el tomate, el maíz, la patata y el poroto para descifrar este misterioso lenguaje vegetal  para una posible alternativa a los plaguicidas que tanto daño ocasionan al medio ambiente y a la salud.

Otro hallazgo descubierto son las señales de alerta que emiten los arbustos masculinos cuando son atacados por los insectos  y que pueden ser detectadas por los vegetales vecinos, mientras que los arbustos hembras solo se comunican entre ellas demostrando una marcada solidaridad y ninguneo a la masculinidad.

La aromática voz del mundo vegetal está siendo traducida por varios centros  de investigación y pronto se conocerán otros importantes hallazgos para ser aplicados para el bien de la humanidad.

Leal a La Habana

En 1930 Federico García Lorca llegó a La Habana procedente de Nueva York y quedó deslumbrado por sus colores: “Pero qué es esto?  ¿Otra vez España? ¿Otra vez  Andalucía mundial?” Un apabullante espectáculo de naranjas, grises, rosas, azules, bermellones, castaños, rojos pastel, amarillos, beiges, blancos sucios, verdes, ocres, cada uno de ellos con infinitos matices estampados en fachadas, pórticos, zócalos, cenefas, en la carpintería y en los  vitrales para tamizar el fuego del sol caribeño, donde la luz todo lo condiciona y resalta los colores para dar al paisaje un tono poético único.

En homenaje a los 500 años de la fundación de La Habana de 1519, llave de las Indias y principal punto de conexión entre Europa y el Nuevo Mundo, el “Historiador de la Ciudad” Eusebio Leal y una empresa española presentaron la paleta de los 164 colores más empleados en la arquitectura habanera. El estudio sacó a la luz el empleo del blanco al inicio para evitar el reflejo del ardiente sol cubano y con el tiempo la tendencia a utilizar los colores vivos. Todo el banquete de colores para los sentidos que cautivó a García Lorca cuando llegó del cemento de Nueva York ahora continúan degustando sus habitantes y visitantes.

“Sin la música y sin el Habana Cuba no se entiende La Habana” dice el poeta Sigfredo Ariel. Defiende que su potencia cultural es inmensa y que le viene dada por su mulatez y por la mezcla, como una especie de Aleph tropical, donde convergen todos los espacios y los tiempos. Y Pablo Milanés canta a La Habana como la reina de la cultura con mayúsculas, porque da igual hablar de arquitectura, música, pintura, ballet, literatura, ajedrez o poesía.

Cabrera Infante en sus tatuajes literarios sobre La Habana la describe, escribe y la inventa.  “El olor es la sensación que echa a andar el juego de la memoria”. La Habana es, en cada página de su memoria urbana, la “Gran Papaya Musical” insobornable, un territorio donde el viandante palpita noche y día todas sus insaciables y felices sentidos, sin encontrar más que regocijo, ruido, juego, placer, pasión y vida.

En La Habana Hemingway escribió, pescó, amó, deambuló y bebió. Frecuentaba la “Bodeguita del Medio”, lugar donde se inventó el mojito, de atractivo bohemio mundial y humeante interior, frecuentado en los 50 por Pablo Neruda, Salvador Allende, Nat King Cole y Gabriel García Márquez.

Carpentier en su libro “La ciudad de la columnas”, reinventa su historia, arquitectura y música. La Habana, “la vieja ciudad”,  se convierte en un espacio mítico que comprende no sólo la concreta  presencia de sus formas, sino también el ethos barroco en todas sus representaciones.

La columna es la constante urbana habanera. Un transeúnte puede salir del ámbito de las fortalezas del puerto y caminar hasta las afueras de la ciudad atravesando todo el centro, siguiendo una misma y siempre renovada columnata en la que todos los estilos aparecen representados, conjugados o mestizados. Dóricas, jónicas, corintias, toscanas, compuestas, palladianas, mezcladas con toda la fuerza. Y son las columnas las que determinan el módulo y la medida, un modulor que otorga a la ciudad su singular barroquismo para la protección del sol y la lluvia.

La ciudad de las columnas y los portales dan sombra desde hace medio siglo, donde la  superposición de estilos fueron creando ese estilo sin estilo en un proceso de simbiosis, de amalgama, que se erige en un barroquismo que distingue a La Habana de otras ciudades de América Latina.  Pero existen cuatro Habanas: la colonial, una ecléctica republicana, otra déco y la moderna. Las personas, las casas, las cosas y sus vehículos clásicos no se suceden, sino que se encuentran reconociéndose en cada esquina y en los signos que las perfilan.

Eusebio Leal como “Historiador de la Ciudad” aseguraba que más allá de su patrimonio material La Habana es un estado de ánimo que seduce y atrae. “A veces la ves cubierta por un velo de decadencia, pero cuando tú rompes ese velo aparece entonces el esplendor de su urbanismo y de una arquitectura que te permite, por una sola avenida, ir desde los castillos del siglo 16 hasta la modernidad de Richard Neutra”.

A Leal  se debe en gran medida el rescate y rehabilitación de la antigua ciudad herida de muerte debido a la falta de recursos. Sin él y su ingente obra restauradora, La Habana Vieja y su excepcional fondo arquitectónico y urbano, que desde 1982 forma parte de la lista de patrimonio mundial de la Unesco, probablemente hubiera sucumbido.

A partir de 1981 comienza a dirigir las obras de restauración. En 1993, cuando el derrumbe del campo socialista dejó el país sin recursos, Leal convenció a Fidel Castro para dotar de autonomía y crear su propio sistema para autofinanciar la restauración. Durante casi tres décadas rehabilitó cientos de edificios y espacios públicos que hoy son el corazón de la ciudad.

 “Preservar el patrimonio material e inmaterial de la ciudad es importante, pero no como una tarea de momificar el pasado. El proyecto de La Habana y la misión que tenemos es precisamente darle vida, que la ciudad sea para los que la vivan, por eso la Oficina del Historiador ha creado escuelas, centros de salud y vivienda, es la única manera de que no se convierta en un pueblo viejo o en un centro turístico…. Hay más trabajo que nunca, todavía queda mucho por salvar”, sentenció ya muy enfermo, hace pocos meses.

Falleció este viernes 31 de Julio a los 77 años. Su muerte se vivió con conmoción entre la gente humilde, el mundo de la cultura y en las instancias oficiales, porque Eusebio Leal fue leal a la historia y a la cultura arquitectónica de La Habana.

La fuerza de la vida

Millones de madres iniciaron la aventura de la maternidad en el mundo que conocíamos.  Algunas todavía se preparan para dar a luz y otras ya lo han hecho pero en un planeta totalmente diferente.

En el día de la madre, – reconocido el segundo domingo de mayo en más de 128 países -, la UNICEF recordó que el número estimado de niños que nacerán a la sombra de la pandemia será de alrededor de 116 millones. Los recién nacidos serán recibidos dentro de las 40 semanas  contadas desde el 11 de marzo, fecha declarada de la pandemia,  en condiciones difíciles que incluyen medidas de aislamiento, toque de queda, centros de salud sobrecargados, escasez de suministros, equipos e interrupciones en los servicios sanitarios.

Pero la fuerza de la vida, en estas condiciones extremas que vive el planeta,  hace que el ovillo del genoma humano realice el milagro de una coreografía perfecta para ayudar a formar células,  tejidos y órganos de un cuerpo completo del bebé, para luego de nacido, mantenerlo vivo y sano.

Toda la información que el bebé necesita está escrita en su genoma: una doble hélice que contiene 3.000 millones de letras de ADN. Esa secuencia contiene las instrucciones para fabricar las proteínas que le permiten respirar, ver, sentir, amar, crear y realizar con éxito todas las funciones básicas de su organismo en este kafkiano mundo infectado por la pandemia.

Estirada de extremo a extremo, la secuencia del  ADN del bebé mide dos metros. Casi cada una de las células lleva una copia del genoma y su cuerpecito tiene más o menos 30 billones de células. Esto significa que si pudiese estirarse y unirse el genoma de todas sus células podría alcanzar sin problemas Próxima Centauri, el sistema solar más cercano a la Tierra a 40 billones de kilómetros.

Pero lo más asombroso es que esa hélice de dos metros es capaz de plegarse y retorcerse sobre sí misma en una forma alucinante de ovillo aparentemente caótica hasta embutirse en su espacio que es 10 veces más pequeño que el diámetro de un pelo: el núcleo de la célula.

Es la fuerza de la vida del ovillo del genoma humano frente a la muerte que ronda el planeta. Frente a un futuro incierto nacen bebés sanos que tomarán la posta que transformarán positivamente nuestro actual infectado mundo.

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