La iglesia de la Virgen de Bronce

Es una de las más representativas de la arquitectura religiosa popular de la región de Cuenca. Está emplazada en el sur, en la zona de El Ejido, en un punto del eje imaginario que recorre la ciudad de sur a norte: los 3 Puentes, la avenida Solano, la Plaza Central y la Iglesia de Cristo Rey en la zona alta de Cullca.

El exterior muestra una arquitectura de pequeña escala, que más bien denota la condición de “Casa de Dios” que la de una iglesia de grandes proporciones.

La fachada trabajada con seis pilastras tiene un solo cuerpo de rasgos neoclásicos sencillos, con una puerta  central abocinada, que luego es direccionada en sentido vertical  por la torre, justo en el centro del pequeño frontispicio.

El diseño de la torre perforada con arcos de medio punto, desde su base con balaustres, el cuerpo con el campanario y el remate con una mínima cúpula, presenta rasgos barrocos elaborados con primor. La volumetría de la nave es solamente un paralelepípedo con el remate de la cubierta a dos aguas. Evoca este volumen la solución del techo de la vivienda rural.

Los componentes puestos en juego resumen una arquitectura popular religiosa mestiza en un proceso ingenuo de transferencia y adaptación de los elementos del clasicismo europeo.

La planimetría de la iglesia tiene forma rectangular dispuesta por la torre y la sala de oración. Al fondo, en la pared que sirve de remate del ambiente, se ubica un retablo sencillo de madera de dos cuerpos y tres calles. Completan la planimetría dos cuartos laterales menores que sirven para la sacristía.

La iglesia está emplazada en un pequeño montículo y al frente se desarrolla una plazoleta elevada con respecto de las vías públicas en donde se levanta una escultura asentada sobre un pedestal de mármol. La escultura de la Virgen, de bronce, fue trabajada por la Casa Mayer, de Alemania, y enviada por Honorato Vázquez por entonces diplomático en Europa. Por este motivo la feligresía cuencana siempre ha nominado a este templo Iglesia de la Virgen de Bronce.

La iglesia fue construida los primeros años del siglo 20 en el Ejido de la ciudad, una proporción de tierra rural que era destinada por el Ayuntamiento para el uso común de actividades agrícolas. Las paredes son de adobe, el frontispicio de ladrillo y la cubierta resuelta en madera con recubrimiento de teja tradicional. Las puertas y ventanas laterales de medio punto así como el retablo son de madera. Hace no mucho tiempo el pequeño templo recibió trabajos de mantenimiento y pintura exterior.

El 8 de diciembre de 1904, en la fiesta de la Inmaculada Concepción y en el 50 aniversario de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción por parte del Papa Pio IX, se entregó a Cuenca este encantador conjunto religioso. (*)

Desde este lugar de Cuenca se puede dirigir la vista hacia varios ángulos: al Ejido, el Centro Histórico y en lontananza se puede contemplar inclusive los barrios lejanos del este de la urbe.

El rosario urbano de la avenida Solano está formado por algunas cuentas que se ordenan en su desarrollo. Una de ellas, que marca un hito urbano significativo, es precisamente la Iglesia de la Virgen de Bronce.

(*) A finales del siglo 15y durante el 16 las grandes universidades europeas y de América Latina y la mayor parte de las más importantes órdenes religiosas se convirtieron en baluartes de la defensa del dogma de la Inmaculada Concepción de María. Los dominicos, sin embargo, se vieron en la especial obligación de seguir la doctrina de Santo Tomás de Aquino oponiéndose a la idea de que la Virgen se concibiera sin pecado original, puesto que pertenecía a la raza humana. Sin embargo, los franciscanos y otras órdenes religiosas defendieron la teoría contraria que durante siglos influyó en la iconografía cristiana y que al final fructificó en la proclamación del dogma.  

Para poner fin a las disputas y cavilaciones de varios siglos, el Papa Alejandro VII promulgó el 8 de diciembre de 1661 una constitución definiendo el verdadero sentido de la palabra “conceptio” y prohibiendo toda ulterior discusión contra el común y piadoso sentimiento de la Iglesia. Finalmente el Papa Pio IX promulgó el dogma el 8 de diciembre de 1854.

Referencias:

  • Ec.viajandox.com.
  • ecwiki, Enciclopedia Católica Online.
  • Ministerio de Turismo, Ecuador, “Atractivos Turísticos” (1995).
  • Testimonios de Olga Jaramillo Medina y Juan Sanmartín Grau.

Caminar, errar, desorientar….

En tiempos de relativa estabilidad se hacen caminos porque hay lugares a los que se puede ir y llegar. El poeta dice:

“Caminante, son tus huellas

el camino y nada más;

Caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.

Al andar se hace camino,

y al volver la vista atrás

se ve la senda que nunca

se ha de volver a pisar.

Caminante, no hay camino

sino estelas en la mar”.

En momentos de inseguridad, cuando los lugares funcionales o pasionales pierden su sentido, los caminos se borran. Entonces, el caminante se convierte en errante. No tiene camino para deambular, sino que abre camino para andar, toma constantemente decisiones que le conducen a resultados inciertos.

Y en este año 2020 los dilemas del mundo pandémico y globalizado han creado laberintos y encrucijadas que nos han desorientado a todos los caminantes de la Tierra. Ha sobrevenido de este modo una sensación abrumadora de confusión, aislamiento y vulnerabilidad y la distancia entre humanos y los lugares funcionales o pasionales nos ha forzado a cuestionarnos quiénes somos, cómo debe ser la relación del ser humano con la naturaleza y cómo queremos vivir.

Caminar, errar, desorientar, son las vicisitudes que le ha tocado vivir al hombre durante su existencia.

Amables lectores, esperemos que en el nuevo año vuelvan las dos primeras, porque el caminar por el camino y el errar abriendo camino, hacen camino al andar.  

   Textos Consultados

(*) Antonio Machado, “Poesías Completas”, Residencias de Estudiantes, (Primera Edición, 1917); y “Mano a Mano”, Cuaderno N° 2 de Arquitectura, Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Cuenca (2014).

Puente de Madera

El puente de madera en los parajes serranos se tiende ligero y elástico por encima de la corriente. No junta sólo dos orillas ya existentes. Es pasando por el puente como aparecen las orillas en tanto que orillas. Puente, orillas y corriente configuran una vecindad recíproca. Y en esta vecindad recíproca el puente coliga la tierra como paisaje.

La estructura arquitectónica del puente de madera contiene un tablero que sirve para repartir la carga a las vigas y los largueros, vigas transversales de conexión, apoyos, riostras laterales o vientos que unen las armaduras para otorgar rigidez y el remate de una cubierta a dos aguas para la protección del sol y la lluvia. El puente ha sido preparado para los tornadizos tiempos y para dejar a la corriente su curso y al mismo tiempo garantizar a los mortales su camino, para que vayan de una orilla a la otra, de un lugar a otro, de una comarca a otra……

El puente no solo sirve para el simple circular sino también para reunir, disfrutar y amar. El puente coliga y por este motivo crea un lugar. En la historia comarcana ha reunido y acompañado, sin casi hacerse notar, de un lado al otro del río, a los caminantes decididos y apresurados para que se dirijan desde aquí a los paisajes lejanos del campo o cercanos de la ciudad.

El puente de madera congrega todo lo que existe a su alrededor y al que por él transita le aporta lo suyo. De modo recurrente también la naturaleza y los hombres acompañan al puente de madera: sea que el colibrí levante el vuelo al amanecer, sea que el olor del árbol de eucalipto y de la tierra mojada inunden el ambiente, sea que el viento del nor-este llegue rugiendo, sea que al atardecer un leñador arrastre su haz de leña al hogar, sea que los niños junten las primeras azucenas del mes de mayo en los márgenes del camino que conduce al puente, sea que la noche cubra el paisaje con sus sombras y lobreguez…. Siempre y por doquier acompañan al puente de madera el aliento de lo mismo de la naturaleza y los hombres.

Lo sencillo  encierra el enigma de lo mismo, de lo que permanece y es grande. Entra de improviso en el hombre y requiere una larga maduración. En lo imperceptible de lo que es siempre lo mismo oculta su don. A los simples de pensamiento lo sencillo les antoja uniforme, los hastía, se ha evadido, su callada fuerza se ha agotado.

Pero el aliento de lo mismo que da vida al puente de madera sólo hablará mientras existan hombres nacidos en su aire y que quieran oírle. De lo contrario, amenaza el peligro que hoy permanezcan sordos a su lenguaje y que intenten imponer un grosero orden a la tierra y que a sus oídos sólo llegue el fatuo ruido de lo banal.

Lo que es lo mismo y sencillo libera. Si el aliento del puente de madera para los hombres es genuino ¿Es el mundo que habla? ¿Es la fuerza inagotable de lo sencillo la que hace mover la corriente del mundo?  

(*) Este ensayo ha sido elaborado en base a los textos de Martin Heidegger: “Construir, Habitar, Pensar (1951) y “Camino de Campo” (1989). Algunas frases inclusive han sido tomadas de manera literal.

La Iglesia de Santo Domingo

La iglesia de Santo Domingo es una de las más representativas de la ciudad de Cuenca.

La fachada que da hacia el atrio o plazoleta en dirección oriental tiene dos cuerpos simétricos de estilo neoclásico rematados por un tímpano, que a su vez es coronado por la escultura de Santo Domingo.

Esos cuerpos horizontales son organizados verticalmente en sus extremos por dos torres con el mismo tratamiento, pero cuando llegan al remate se encuentran con unas cúpulas y linternas de sabor oriental.

La textura del frontispicio es rica por el tratamiento de pilastras pareadas y cornisas que marcan claramente los cuerpos y las calles de la fachada. Se advierte un predominio del macizo sobre el vano, pero por la verticalidad imprimida por las torres la direccionalidad hacia el cielo es más fuerte que la dada por el plano horizontal.

Es importante destacar la presencia de los vanos resueltos con arcos de medio punto con ventanas bíforas.

Las naves de la iglesia, es decir la parte volumétrica perpendicular al frontispicio, tienen la disposición de la basílica cristiana. Desde el exterior no se observa otra cosa que las techumbres que están resueltas para proteger la nave central  y las laterales.

Los elementos del frontispicio y las naves, leídas desde el exterior como un todo, conforman un sistema arquitectónico ecléctico complejo aunque no recargado por la confluencia suave de varios estilos.

Luego de pasar el rompe-vientos se llega a la sala de oración que tiene tres naves. Al fondo está el presbiterio en forma semicircular detrás del retablo exento. El coro se ubica aquí siguiendo la forma del muro de fondo.

La distribución espacial interior tiene el despliegue propio de la basílica: tres naves con la disposición muy elevada de la central con respecto a las laterales. Las ventanas no son de gran tamaño por lo que la luz que penetra al interior es más tenue que intensa.

Es notoria la decoración profusa de los capiteles que rematan el fuste de las doce columnas que sostienen la estructura.  Todo el espacio interior es apuntalado por estos grandes soportes pintados con motivos florales de colores café y verde. También son pintadas las paredes altas y los intradoses de los arcos de los pórticos que separan las naves.

Entre los elementos de mayor valor se destaca el retablo de mármol blanco. Tiene dos cuerpos y tres calles con la presencia central de la Morenica del Rosario y las laterales de Santo Domingo y San Francisco.

En el ábside y detrás del coro hay pinturas de Santo Domingo, Santo Tomás de Aquino y San Alberto Magno. Flanqueando el presbiterio están a la izquierda la capilla del Sagrado Corazón de Jesús con su retablo gótico y a la derecha la sacristía.

Entre el presbiterio y las naves se interpone un balaustre que divide ambos espacios. También, lateralmente, hay dos pequeños altares: del Hermano Miguel y de Santa Fe.

En las paredes laterales que cierran el espacio interior existen altares menores. A la derecha el altar barroco en honor a San José y otro a San Vicente Ferrer; a la izquierda, el altar de líneas clásicas de San Martín de Porres. Completa la escenografía barroca catorce cuadros que representan las Estaciones de Jesús.

Las paredes, pilares y pilastras son de fábrica de ladrillo, las figuras  de ornamentación de mármol y madera, los pisos de madera bien tratada, los cielorrasos de latón decorado y toda la carpintería de puertas y ventanas de madera. Sobresale por su belleza el tallado de las puertas del frontispicio.

Como es la norma en la disposición urbana de las iglesias de Cuenca, la de Santo Domingo se emplaza en una esquina de la manzana junto al convento y dispone de un atrio que le sirve de vestíbulo. El contexto urbano formado por la arquitectura civil tiene una escala menor que refuerza la presencialidad del monumento religioso.

Los dominicos vinieron a Cuenca con la fundación de la ciudad y la iglesia fue emplazada a dos cuadras de la plaza central. La reconstrucción concluyó en 1926 y en 1933 el templo está bajo la advocación  de la Virgen Morenica del Rosario “como su reina”. (*)

(*) La noche de ayer en la plazoleta se celebró los 87 años de la Coronación de la Virgen Morenica del Rosario. Este año los faroles de la Virgen estuvieron ubicados en el centro de la plazoleta.

La Casa Azul

Su nombre se debe al color de la carpintería de madera utilizado en los trabajos de intervención.

La Casa Azul podría ser catalogada en el estilo “cuencano antiguo republicano” de inicios del siglo 20 porque su fachada no presenta la ornamentación de otras edificaciones suntuosas de rasgos afrancesados de las décadas siguientes.

Su lenguaje exterior es sencillo y de un solo plano que marca la directriz horizontal antes que la vertical. No existen frisos, cornisas, ni enmarcamientos en puertas y en ventanas. Es importante destacar la distribución racional de los vanos y macizos de la fachada. Por este motivo se advierte un delicado equilibrio entre planos opacos y superficies transparentes.

Sobresalen del plano de la pared frontal únicamente los cuatro balcones del segundo piso, que corresponden a igual número de puertas de los ambientes principales.

El estilo “cuencano antiguo republicano” no pretende tampoco condiciones de monumentalidad. Su escala no pasa en general de los dos pisos. El tratamiento del alero curvo con alma de carrizo y enlucido con barro, sin la presencia de canecillos, es una pista constructiva para inventariar las pocas casas republicanas más antiguas de Cuenca.

Las crujías con paredes soportantes de adobe en torno a los dos patios organizan el espacio de la vivienda. Se ingresa a través de un zaguán ubicado casi al centro, con suelo ligeramente inclinado y cubierto de piedra y huesos dispuestos en forma geométrica, escoltado por tiendas que dan a la calle hasta llegar al primer patio. A continuación, y siguiendo el mismo eje central de distribución, se llega al segundo. Ambos patios están rodeados de ambientes de dos plantas. Para llegar al segundo piso se debe subir por una grada lateral con peldaños amplios,  acogedores, ubicada al lado izquierdo del acceso.

La distribución generada por un eje longitudinal  que atraviesa la geometría rectangular es propia de la arquitectura andaluza. El primer patio de este modo se convierte en el centro de la casa porque desde aquí se organiza la arquitectura captando la luz para regarla a todos los ambientes.

Al seccionar el espacio en forma transversal por uno de los patios se obtiene la silueta de la casa española: las cubiertas de teja tradicional resueltas hacia adentro, para que a través de ellas se recoja el agua que cae del cielo, llevándola a la pileta que ornamenta el patio; los ambientes dispuestos lateralmente y con poca profundidad y los corredores en las dos plantas que rodean el espacio y sirven de conectores a los cuartos. 

La casa está ubicada con frente a la calle Gran Colombia en el centro de la ciudad y da cara a la plazoleta de Santo Domingo. Este lugar, que es el atrio del templo, otorga al entorno inmediato una abertura generosa para múltiples perspectivas. Una de ellas se dirige  precisamente a la Casa Azul. Y desde dentro de la casa, en esta ocasión ensayando un juego de miradas hacia el exterior, por el techo transparente del primer patio, se observan las imponentes torres coronadas por las cúpulas de sabor oriental de la iglesia.

El estilo “cuencano antiguo republicano” es sencillo, esencial, preciso, sobrio, claro y también modesto. Y es justamente esta modestia y la falta de pretensión lo que lo hace auténtico. La Casa Azul lo evidencia con certeza y rotundidad.

El Barranco del Tomebamba: Y la luz fue hecha…. y la arquitectura también….

La geografía y arquitectura, con los primeros rayos de luz del alba, crean un duende-volumen blanquecino, jaspeado de manchas verdes y amarillas.

Se ha hecho presente de este modo el complejo mestizo natural urbano y humano de mayor densidad, espesor y significación de la ciudad: el Barranco del Rio Tomebamba.

Y en las distintas horas del día la brillante luz ecuatorial dibuja y confina una variante multitud de siluetas, paramentos, aleros, planos, texturas, terrazas, bordes, sombras, torres y cúpulas.

La presencia más patente y potente muestra las casas colgantes sostenidas por un pedestal natural de arbustos y plantas nativas, como espontáneos estandartes edilicios que invitan a relatar lecturas de su historia pasada y de su presente con plena vitalidad.

Ya por la tarde grises nubarrones se cuelan en el cielo como preámbulo de la pronta visita lúgubre del manto de la noche, y súbitamente, de nuevo, se crea otro duende-volumen, pero esta vez oscuro, hasta que su contextura desaparece.

Mientras tanto el primer lucero se ha instalado al oeste del cielo para anunciar la noche y guiar la procesión de las luces artificiales de la arquitectura de El Barranco.

El alquímico rito iniciará el siguiente día. ¿Hasta cuándo? Ah, la luz, creando todo, también la vida de la ciudad y su arquitectura.

La Catedral Nueva, un símbolo de la Ciudad Bicentanaria

Me permito invitar a mis amables lectores a reconocer la belleza y a experimentar poéticamente los elementos y detalles arquitectónicos de la Catedral Nueva de Cuenca. Ya decía Platón en El Banquete: “Gracias al contacto y frecuentación de la belleza, el hombre divino engendra y cría todas las cosas de que su alma estaba llena desde hace tanto tiempo”.   

La Catedral Nueva es el símbolo religioso más representativo de la ciudad. Su emplazamiento responde a la condición de centralidad y del poder religioso frente a la plaza central.

Su volumen, silueta, textura y color se divisan desde todos los ángulos de Cuenca, inclusive desde los alrededores.

Las cúpulas que rematan la enorme masa de ladrillo visto llegan a más de 50 metros de altura medidos desde el suelo, lo que equivale a decir, la altura de un edificio de 21 pisos. Por esto y debido al que el Centro Histórico de Cuenca presenta una escala predominantemente horizontal, la Catedral Nueva resalta en forma emergente sobre las otras volumetrías y siluetas de la ciudad.

La fachada que da frente a la plaza Calderón tiene la estructura disposicional del estilo gótico, por la forma evidente de «H» de sus elementos puestos en juego: dos torres esbeltas simétricas, articuladas por un cuerpo horizontal que las amarra.

Si se hace una lectura descompuesta de la fachada se puede advertir la presencia de tres cuerpos horizontales y tres calles verticales. En el caso de los cuerpos, el primero de la planta baja contempla las puertas con sus respectivas portadas; el segundo alberga en su centro el rosetón; y el tercer cuerpo está compuesto por el remate de las torres inconclusas.

Las tres calles o fajas verticales se estructuran con las torres en sus extremos y con el acceso principal y el rosetón en el centro, rematada esta calle con la estatua italiana de Santa Ana.

Es importante destacar que el tratamiento de las perforaciones responde a cánones románicos porque las aberturas están resueltas con arcos de medio punto, y además, siguen el criterio de aligerar la masa conforme se llega a la parte alta del edificio.

Las pilastras que flanquean las dos torres simétricas brindan a la fachada un sentido insinuante de verticalidad. El resultado estilístico de la fachada es una síntesis equilibrada, ecléctica del románico y el gótico. El primer estilo presente por la materialidad y forma de resolución de las perforaciones, y el segundo, por el rosetón de la mitad y la composición y sentido de verticalidad de las torres.

La textura de la fachada tiene una vibración equilibrada referida a la combinación de macizos y perforaciones. El vano mayor es el de la puerta principal ornamentado con columnas y anillos concéntricos abocinados de evocación románica, mientras que las otras perforaciones no tienen una gran dimensión.

El cuerpo de la Catedral visto desde el exterior tiene una disposición planimétrica rectangular, pero volumétrica y diversa.  Su estructura en todo caso es una concepción basilical en la que se advierten tres naves: una principal rematada por cúpulas altas y dos laterales  cubiertas por bóvedas de cañón en sentido longitudinal.

La presencia nítida de las tres cúpulas asentadas sobre tambores perforados y rematados por linternas del mismo rasgo arquitectónico le imprime un carácter de estilo renacentista. Las cúpulas peraltadas evocan al instante el estilo de la Basílica de San Pedro en el Vaticano y otros templos de Renacimiento Europeo, sobre todo italianos.

De igual forma, las otras tres cúpulas bajas de gran dimensión le imprimen al templo una escala monumental típica de las grandes iglesias del Renacimiento.

Es notable la presencia de 45 torreones que verticalizan los esfuerzos de las cúpulas y de las bóvedas. Estos elementos pequeños más los contrafuertes perdidos profusamente distribuidos le imprimen un sello sutil de concepción gótica.

Las ventanas laterales tienen una presencia débil a excepción del rosetón que se ubica encima de la puerta con frente a la calle Sucre, en relación a la materialidad voluptuosa de las cúpulas altas, cúpulas menores, arcos y bóvedas corridas de la fachada lateral sur.

La síntesis arquitectónica exterior de la Catedral resume un crisol ecléctico de los estilos puestos sabiamente en juego: el romántico, gótico y renacentista.

La concepción espacial interior tiene la forma rectangular con acento más en la profundidad que en la amplitud. Antes de ingresar al templo todavía en el espacio exterior de la ciudad existe el portal, lugar semipúblico que se articula orgánicamente con el interior del templo y con el portal de la manzana en cuestión.

Una vez que se ingresa, la primera impresión del visitante es la de la monumentalidad y gran escala del espacio. Las dimensiones de las pilastras, arcos, bóvedas y cúpulas envuelven al observador hasta hacerlo sentir un pequeño devoto dentro de la inmensidad del recinto sagrado.

Para comprender los secretos del espacio interior se debe caminar reverente por las naves mirando las enormes pilastras adosadas por columnillas rematadas por capiteles corintios. Y cuando se ha recorrido un gran trecho se ha llegado al quinto módulo antes de ingresar al presbiterio. La nave central está cubierta por dos cúpulas y tres bóvedas y las laterales por bóvedas más bajas que cabalgan hacia la dirección del altar, construidas con el sistema de medio cañón.

Las tres cúpulas bajas que están encima de la nave central, son en verdad bóvedas de medio cañón cruzadas en los dos sentidos, mientras que las cúpulas altas que descargan sobre las pechinas se dirigen hacia el cielo por su resolución peraltada.

La cúpula mayor ubicada en el cuarto módulo contando desde el ingreso tiene un desarrollo de 12 metros de diámetro y alcanza una altura de más de 50 metros.

En las naves laterales adosadas a las paredes están los altares menores de factura barroca y neoclásica talladas en mármol. Destaca por su mayor riqueza el altar en honor a la Santísima Trinidad.

A través de bellos vitrales se filtra la luz en forma tamizada. Cada uno está emplazado en la parte superior de un altar con figuras alusivas a este. También los vitrales altos ubicados en la faja desarrollada por el desnivel de la nave central y las laterales se disponen rítmicamente y dejan pasar la luz del cielo filtrada en un haz de colores variados.

Cuando se ha pasado el quinto módulo se llega al presbiterio levantado con cinco gradas en relación al piso de la nave. El ambiente está cubierto por una cúpula peraltada y por una bóveda circular que presenta cuatro nervaduras, mientras que la cabecera está rematada por un ábside en forma semicircular con vitrales altos que juegan con la luz. A los costados se ubican los coros bajo y alto. Una galería con arcos de medio punto separa los coros del resto del presbiterio.

Al ingresar al presbiterio cruzando el arco triunfal que divide este espacio de la nave se halla el altar principal trabajado en mármol y asentado en pequeñas columnas de bronce de estilo salomónico. Más atrás y un poco más arriba está el altar del Sagrario. Al fondo se levanta imponente el «Cristo Moreno», una escultura de rasgos barrocos.

La perspectiva central lleva al baldaquino de inspiración berniniana. Sobre cuatro bases de mármol se levantan igual número de columnas salomónicas rematadas por capiteles corintios en los que se asientan el arquitrabe curvo, pieza estructural que a su vez es el asiento del friso y de la media cúpula del baldaquino. La ornamentación es profusa, barroca, infinita en líneas, rematada con ángeles y el símbolo de la Cruz en la clave del arco frontal de la semicúpula.

Se inició la construcción en la segunda mitad de la década de 1880 por iniciativa del Obispo Miguel León y con el diseño del hermano redentorista Juan Stiehle. A finales del siglo 19 ya se había terminado la construcción de los cimientos y la cripta subterránea desarrollada a todo lo largo de la proyección de la nave central. Después de una paralización se impulsan los trabajos con el Obispo Daniel Hermida y los sacerdotes Isaac Peña y Manuel María Palacios. En las décadas de los 40 y 50 se levantan las cúpulas. El maestro albañil Luis Chicaiza es el genio constructor encargado de dirigir la obra. Posteriormente se procede a completar la fábrica de ladrillo con la incorporación de ornamentos interiores y exteriores así como con la terminación de revestimientos de paredes y pisos.

Es notable la contribución de tres artistas españoles: Miguel Larrazábal en los vitrales, Manuel Mora Iñigo en la cerámica de las pechinas y Salvador Arribas en la orfebrería.

También en la década de los 60 se traen las piezas y se termina el tallado del baldaquino de madera. El religioso italiano salesiano José Gazzoli es el encargado de dar forma al elemento más sugerente del interior del templo.

De igual manera se trabajan la puerta de entrada y los altares laterales. Dos artistas cuencanos son los que contribuyen con estos elementos: Daniel Palacios para las puertas de bronce y César Quizhpe para los altares de mármol.

Todas las paredes, pilastras y columnas que soportan el peso de las cúpulas y bóvedas son de ladrillo cocido hecho en Sinincay, parroquia rural del Cantón Cuenca.

De igual manera, las cúpulas, bóvedas de cañón y arcos han sido construidos con ladrillo. Inclusive los remates ornamentales de frisos, cornisas, capiteles y remates, son piezas de cerámica mandadas a construir expresamente para la Catedral. La costura entre los ladrillos tiene mezcla de cal y arena. En ningún sistema constructivo hay la presencia de cemento ni varillas de hierro.

Es notable la utilización de porcelana importada que cubre las tres cúpulas altas. Los altares mayor y menores así como el revestimiento de los accesos principales son de mármol travertino de la región. El color que se destaca en los detalles arquitectónicos es el rosa suave y el amarillo.

Es delicada la técnica utilizada en los vitrales de Larrazábal. Son de vidrio antiguo soplado francés de colores de varias gamas pintados al horno, armados en nervaduras de plomo. Solo el baldaquino y el “Cristo Moreno” han sido trabajos en maderas finas. Las puertas son pesadas hojas trabajadas en bronce.

El 28 de mayo de 1967 se realizó la ceremonia de consagración de la Catedral, uno de los símbolos de la ciudad bicentenaria de Cuenca.

Y llegado a este punto, ruego a mis pacientes lectores que tras este minucioso recorrido por la Catedral incorporen en su alma la experiencia de su belleza.

En la pandemia regresa el Pájaro Hornero

En los primeros meses de la pandemia la fauna recolonizó la ciudad ante el confinamiento por el coronavirus. En muchos lugares del mundo los animales ganaron espacio urbano gracias a un ambiente más relajado para explorar nuevos ecosistemas que un día habitaron. Como en una película de ciencia ficción, la fauna salvaje salía de sus refugios para visitar las ciudades para sentirse dueña de enclaves dominados hasta ahora solo por los humanos.

Pavos salvajes se enseñorearon en Oakland y en Madrid; cisnes, en los canales, en unas aguas limpias, daban un soplo de esperanza en Venecia; jabalíes se pasearon en las ramblas de Barcelona; cóndores, danzando con su majestuoso vuelo por las avenidas, fueron admirados en Quito; leopardos y zorros se adentraron en ciudades de la India y Londres; vertebrados, ante el paisaje urbano sosegado, ampliaron su territorio en busca de comida; bandadas de gorriones, en los jardines de Cuenca, aprovechaban los últimos rayos del sol de la tarde, como queriendo coger las calorías suficientes para aguantar la noche….. De alguna manera, casi todos, parecían fantasmas urbanos que en la pandemia se dejaban ver.

Joaquín Araujo, naturalista español, constató que asistimos a una recolonización de los espacios urbanos por las especies silvestres. Fue una paradoja. Los animales, que estaban confinados por infraestructuras que cuartean sus espacios naturales y les imponemos restricciones en el movimiento, salieron de su aislamiento. El mundo al revés: al resultar confinados en sus casas los seres humanos se produjo una liberación de la fauna salvaje; al ser nosotros los atemorizados, liberamos a quienes nos tenían miedo.

Los expertos han señalado que tras un cambio ecológico brusco la naturaleza tiende a recuperar el terreno perdido a través de la llamada sucesión ecológica, una teoría que desarrolló, entre otros, Ramón Margalef. Por ejemplo, tras la desaparición de los humanos por la guerra en la ciudad chipriota de Varosh en 1.974, lo que más llamó la atención no fue las tazas de café turco lamidas por los ratones, sino la irrupción de árboles, plantas y animales, y sobre todo, la fuerza de las flores para hacer pedazos el asfalto. Alan Weisman, en “El mundo sin nosotros”, relata que “las casas desaparecen bajo montones de buganvillas de color magenta, mientras que los lagartos y las serpientes látigo se movían entre chumberas y hierbas de dos metros”.

En medio de la pandemia regresa también el Pájaro Hornero para recolonizar las aulas universitarias, pero en esta ocasión a la Universidad del Azuay. Ya lo hizo la primera vez en el año 2.004, en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Cuenca, con la publicación de un opúsculo titulado “LA CASA DEL HORNERO: Belleza, verdad y lección alada de arquitectura”.

El opúsculo relata cómo un menudo pájaro rojizo llamado Hornero que habita en las estribaciones de Mindo, pertenecientes al macizo de la cordillera Occidental de la provincia de Pichincha, en un macondiano paraje denominado La Abundancia, situado a 380 metros sobre el nivel del mar, fabrica un nido de una fina y extraña hermosura, cuyo hábito reproductivo le permite construir su casa en forma de bóveda u horno de pan que nos alumbra, deslumbra y significa. Emulando  al filósofo de la fenomenología, descubrimos las espacialidades que yacen ocultas detrás de esa delicada apariencia y además comprendimos sus lecciones con la vanidosa pretensión de emularlas en la mundana arquitectura que realizamos los humanos.

Solo él posee una magia capaz de trazar tan maravillosa y esotérica geometría, del mismo modo que en la Historia de la Arquitectura solo el alarife medieval tuvo el secreto para construir las catedrales góticas. No existe ninguna duda, el nido es construido siguiendo estrictas normas armónicas de la naturaleza: en los sentidos horizontal y vertical  están presentes el secreto matemático y las bellas relaciones geométricas áureas utilizadas con rigor por esta increíble ave.

Los materiales recogidos con el pico del sitio vecino poseen las cualidades para alcanzar funcionalidad, resistencia, calidez interior y para formar una síntesis preciosa en el lugar más  seguro del árbol, poseedora de la mayor excelsitud y primorosa materialidad.

El nido es una construcción sabiamente acoplada, un escondite aéreo de forma sencilla en donde el pájaro ha establecido un dinámico equilibrio entre la tierra y el cielo. En esta perspectiva tres serán los componentes  del buen habitar en general, se trate del pájaro o del ser humano: la tierra, como naturaleza respetada; el cielo, como mundo para viajar con el sol y las estaciones con el pulso de sus tornadizos tiempos y el espacio, como cobijo placentero del morador.

¿Qué pasa hoy con el construir de los humanos? ¿Hay penuria del habitar en nuestra realidad equinoccial andina globalizada? ¿Podemos los arquitectos y estudiantes de arquitectura, implumes y desnudos, encontrar lecciones de belleza, verdad, sencillez y pertinencia en el nido de nuestro pequeño hermano, el Pájaro Hornero? Si lo conseguimos, habremos aprendido sus lecciones y la arquitectura que construyamos será un nuevo nido en este mundo.

Gracias Sr. Rector, Sra. Decana de la Facultad de Diseño, Arquitectura y Arte y al equipo que colaboró en la diagramación por hacer posible que el Pájaro Hornero recolonice las aulas universitarias. Que sus lecciones aladas de arquitectura sean emuladas por todos con pasión, lógica e imaginación creadora.

Cuenca, octubre de 2020.

Calle de La Condamine

La Orden de Su Majestad Cristianísima Luis XV de Francia y el auspicio y protección de su Majestad Católica el Rey Felipe V de España, constantes en las Cédulas Reales presentadas en la Presidencia de Quito, disponían desarrollar las operaciones de la Misión Geodésica que diera los valores exactos de los arcos de los meridianos ecuatorial y polar.

Para cumplir la Orden Real llegó a tierras equinocciales en 1.736 la Misión Geodésica conformada por los miembros de la Real Academia de las Ciencias de Paris: Carlos María de La Condamine, geógrafo, Caballero de la Orden de San Lázaro; Pierre Bouguer, ingeniero hidrógrafo; Luis Godin, astrónomo; José Jossieu, naturalista;  y Jean Seniergues, médico. El cirujano falleció en la ciudad de Cuenca el 2 de septiembre de 1.739 por enredarse en una empresa amorosa que terminó en un pleito poco esclarecido suscitado en una corrida de toros en la Plaza de San Sebastián.  Acompañaron a la Misión algunos agregados franceses  y los oficiales de la marina española Antonio de Ulloa y Jorge Juan para supervisar los trabajos con el apoyo del riobambeño Pedro Vicente Maldonado.

La misión quería dar por terminada la disputa científica entre las teorías de Isaac Newton que sostenía que la Tierra es un planeta achatado en los polos y la teoría francesa de Cassini que afirmaba que es alargada hacia los polos.

Se organizaron dos expediciones por parte de los franceses. La una en las regiones polares, en Laponia; la otra, en las regiones ecuatoriales de la antigua colonia española del Perú, encargadas cada cual de medir un arco de meridiano en las regiones extremas de la Tierra. Fueron cuatro años de mediciones, cálculos, miles de páginas de notas y de cifras. El  resultado al que llegó La Condamine fue que la longitud del meridiano a la altura de Caraburu es de 176.950 toesas. “Años de trabajo y de adversidades quedan, así, reducidos a la aridez de una cifra”.

El resultado más sobresaliente de la Misión  tuvo consecuencias importantes. Sobre la base de los cálculos se determinó como medida universal el Metro. La unidad de medida, base del sistema decimal, se determinó dividiendo en diez millones de partes iguales la longitud calculada para el cuadrante de meridiano que pasa por París.

La Misión, además  de sus tareas astronómicas, estudió la fauna y la flora americana y elaboró cartas geográficas. La Condamine que fue el más brillante de los miembros de la expedición dio nombre a nuestra República porque en sus conferencias en la Real Academia de Paris siempre pronunciaba esta frase: “Je vous ecrit depuis l´ Equateur”. La palabra Ecuador, para los académicos tuvo un gran significado y llegó a constituirse en el lema de la Misión.

La nomenclatura urbana de Cuenca revivió la memoria de este apasionante viaje científico, excepcionalmente rico y digno de las más imaginativas novelas de aventuras realizado a Ecuador para medir un grado de meridiano terrestre, calificado por Florence Trystram como “diálogo con las estrellas”. El Concejo Municipal, en febrero de 1.938, resuelve dar el nombre de La Condamine a la antigua calle de la Cruz del Vado en el desarrollo de El Barranco comprendido  entre el Puente del Vado y la intersección de las calles Tarqui y Larga, una de las puertas urbanas de acceso al Centro Histórico.

Desde el Puente hasta la calle Bajada del Vado se configura el primer tramo con edificaciones que dan al Norte; y el segundo, hasta culminar la cuesta, con casas de doble rostro, uno a la calle y otro al río Tomebamba, que se adaptan de modo orgánico a la topografía para engendrar varios niveles y volúmenes.

En tanto que el flanco norte del segundo tramo se entiba con un robusto muro para afianzar la callecita  peatonal. Muro de piedra esculpido por la mano, el viento y el tiempo. Muro todavía tibio del contacto de manos desaparecidas. El viento contra el muro en sus giros canta. El tiempo pasa y el muro no se mueve, en su lugar exacto gris permanece. Muro, mano, viento, tiempo.

Ese rincón urbano tan cuencano, donde el tránsito humano cotidiano ofrece una versión especial de la ciudad y de su caminar por el tiempo, que se presta para pensar y advertir imágenes de antaño que devuelven la vida de lo ya recorrido.

Ese generoso balcón para mirar el sur de la ciudad que comienza en la Plazoleta del Vado y termina en la calle Tarqui con casas tradicionales con usos culturales, la “casa de la lira”, la “casa de mármol” en donde nació el poeta y educador Federico Proaño, y la “casa esquinera” en la que pernoctaron los miembros de la Misión Francesa, también se denomina La Condamine.

Referencias:

  • Revista del Centro de Estudios Históricos y Geográficos de Cuenca, Entrega 12 (1925);  “La Muerte de Don Juan Seniergues”.
  • Nicolás Espinosa Cordero (1.936); “Un homenaje al sabio francés Carlos María de la Condamine”.
  • A.I. Chiriboga N. (1.936); “Las Misiones Científicas Francesas en el Ecuador; La primera Misión (1.735-1.744)”.
  • Florence Trystram (2.002); “diálogo con las estrellas”.
  • El Telégrafo (25 de octubre 2.015); Cátedra Abierta de Historia, Universidad de Cuenca; “La muerte del cirujano Jean Seniergues, miembro de la Misión Geodésica”.
  • Gustavo Lloré (2.017); “Memoria Técnica para la Intervención Arquitectónica de la Casa Condamine”.

La Iglesia y la Fiesta de la Patrona de Baños

Emplazada en la cima del monte, en el lugar de la aparición de la Virgen de Guadalupe, parece ser una réplica popular modificada de la Catedral Nueva de Cuenca. La Iglesia data de 1.953,  su gestor fue el padre Alfonso Carrión Heredia y la fábrica estuvo a cargo del maestro Quito.

Su presencia monumental, para el pequeño tamaño del pueblo, puede observarse desde muchos ángulos, inclusive desde algunos puntos de los alrededores de Cuenca.

La fachada que se muestra al pueblo tiene dos torres de sección circular articuladas por un cuerpo central constituido por el vestíbulo  de acceso y un tímpano rematado por la escultura de la Patrona.

El cuerpo de la Iglesia, es decir el volumen perpendicular al frontispicio y que da frente a la plaza del pueblo, tiene una factura barroca bien elaborada. La techumbre de cinco cúpulas asentadas en tambores y rematadas con linternas para captar la luz cenital, le otorga a la Iglesia un juego de volúmenes de alta calidad compositiva.

La síntesis arquitectónica, es decir la composición de la fachada y el cuerpo lateral, se asemeja de cierta manera a la Catedral Nueva, sobre todo por la silueta que ha sido trabajada con cúpulas seguidas.

La distribución interior tiene vestíbulo, baptisterio, sala de oración, sacristía, presbiterio y altar mayor. Las grandes pilastras imitando mármol y las cúpulas trabajadas internamente en forma octogonal dibujan una perspectiva profunda. Las pechinas que soportan las cúpulas están ornamentadas con los Misterios Gozosos, Dolorosos y Gloriosos y además aparecen los evangelistas Juan, Marcos, Mateo y Lucas.

A los extremos con menor altura, las naves laterales están cubiertas con arcos de medio punto que cabalgan en dirección hacia el altar. De igual manera que la Catedral Nueva el espacio tiene similar lenguaje pero en una escala menor. El retablo de mármol tiene tres cuerpos de factura barroca y en la nave lateral izquierda es significativo el altar construido con piedra volcánica del lugar de tono rojizo.

En la víspera de la Fiesta de la Patrona miles de romeriantes venían de todo el País e inclusive del extranjero para participar en las procesiones, – previo el lavado de los pies en las milagrosas aguas termales de Baños en memoria de la lección de humildad que dio Jesucristo a los apóstoles -, y culminar en la Iglesia con ofrendas de flores y velas, transfigurando de este modo el templo en un inmenso candelabro que centellaba con temblor ligero hasta el amanecer.

Al día siguiente, el 8 de septiembre el día de la Fiesta, muy por la mañana, sobre la plaza del pueblo se cernía una diabólica tormenta de vitalidad. Entre el olor a pólvora, algodón de azúcar, empanadas de viento, fritada y emanaciones de toneles, el recinto ardía como un horno encendido la víspera. Danzantes, disfrazados, diablos, compadres, gritos de niños, cánticos de mayores y el estrépito metálico de la banda del pueblo, sumergían a los miles de somnolientos devotos y a unos pocos curiosos en un mundo encendido por los cuatro costados.

Por la tarde, en un mar de formas y percepciones, los jinetes, ya borrachos, atravesaban la plaza con sus caballos encintados. En la noche un rosario de globos de colores chillones con formas de estrellas y animales domésticos cabeceaban en el aire. Las rachas de viento nocturno arrastraban sin piedad a las huecas formas para derribarlas como criaturas golpeadas en el abdomen. Algunos globos se precipitaban como guiñapos en la lejanía, otros se perdían en los bosques cercanos y unos cuantos  aterrizaban en los techos de teja de las casitas de campo ante el sobresalto de los mayores y la algarabía de los niños. Un globo especial de forma elíptica pintado con la custodia con rayos de oro evocando la eucaristía, siempre alcanzaba la mayor altura para perderse como una estrellita en el cielo.

Y ya entrada la media noche un hombre montado en la vaca loca corría sin rumbo entre la muchedumbre para sembrar el terror de los pecadores o el regocijo de los arrepentidos. Mientras que el cohetero lanzaba lumínicos ratones para desafiar a los más valientes; y otro joven, oriundo de la parroquia, prendía con cuidado los diferentes pisos del castillo armado con carrizo con luces hechas en base de clorato, nitrato, azufre, salitre y goma pez. La decoración final incluía el copón de la eucaristía, otros símbolos religiosos y la paloma mensajera  disparada  para alcanzar la luna llena y dar por finalizada con broche de oro la fiesta.

Todos estos episodios y peligros se tornaban curiosamente blandos dentro de la holgada y calurosa cavidad de la plaza del pueblo y la monumental vigía de la Iglesia popular barroca. El ciclo religioso iniciaba el siguiente año y se repetía ordenadamente. ¿Hasta cuándo?

En las últimas décadas el patrimonio cultural intangible de la Fiesta popular de Baños se ha banalizado para convertirse en un espectáculo pagano posmoderno de mal gusto. Con luces led, ruido estridente de disc jockey, comida chatarra, drones a cambio de globos y el embeleso del público masculino por la presentación de las artistas expresamente traídas para la ocasión: las “Chicas del Can”.

¿Merecería la pena recuperar y recrear la autenticidad de las antiguas fiestas populares para desterrar el mal gusto de las “celebraciones patronales” que han prevalecido en los últimos años?

Referencias:

  • César Dávila Andrade (1966); “Cabeza de Gallo”. Del Cuento de El Fakir se ha tomado el sentido y algunas frases para relatar la antigua fiesta de Baños.
  • Testimonio de Pablo Durán Andrade, gran conocedor de la vida del pueblo de Baños y Gerente Propietario de “Piedra de Agua”, Fuente Termal & Spa, único spa termal subterráneo de América.
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